jueves, 2 de julio de 2015

El año más violento (A Most Violent Year). J.C. Chandor. 2014.



Dibujar una historia de superación dentro del año con mayor número de asesinatos en la ciudad de Nueva York para hacerla chocar contra los propios cimientos de ella, no de la ciudad si no de esa historia cimentada en otra figura, me ha parecido algo tremendamente inocuo para poder comprender la valía de la historia del selfmade como motor de la sociedad ni la maldad como su sustituto. ¿Será el amor la salvación, la de aquellos que buscan con ahínco la felicidad de todos encumbrándose en el lodo del dinero los único que puedan tapar el apestoso agujero por el que escapa el mundo social?

La película, como casi no puede ser de otra manera, parece dejar al personaje a merced de unas fuerzas ciegas que lo llevan a aliarse con el drama que vive la sociedad de esos años y las distintas opciones que otorga la libertad parece que son cortadas por los lazos familiares tan unidos a la violencia reinante como a un amor familiar tan jodidamente burgués que hasta el cariño familiar sale mal parado. Nuestro empresario de éxito va a ver comprometido su futuro desde distintos frentes pero la jugada en juego le sitúa en la típica posición donde el poder ya emana y alcanzar las cotas máximas requiere de la dosis corruptiva pertinente. Comprometido todo parece no haber salida, aún así y sabiendo campear el temporal con la escasa dignidad que va quedando (sobredimensionada a veces) nuestro protagonista será iluminado con una verdad que ofende y es que generalmente la mano invisible no lo es tanto, pero entretanto va dejando cadáveres por su camino.

Este suele ser el destino de las películas, la asepsia y la interpretación. El no alinearse moralmente con alguna opción, personaje o idea. El mostrar lo más realmente posible unos hechos narrados desde el clasicismo pero con esas dosis contemporáneas de liquidez, hibridación, y cuidado de una imagen que nos lleva del estilo MTV al barroquismo de una escena de gangsters.

miércoles, 24 de junio de 2015

Inherent Vice. Paul Thomas Anderson. 2014.




Aún no he leído nada de Pynchon, adalid de la llamada posmodernidad literaria, pero la imagen que me ofrece el visionado del film me acerca a otro escritor como Bukowski y su Pulp, donde el humor y el cinismo adquiere junto a cierta irrealidad cartas de naturaleza en la propia historia detectivéstica de tintes irónicos que retrata la novela. Y es que estamos ante un film no tan novedoso en tanto estructura, personajes, acciones como a los celebrados últimamente del mismo género, y es que los géneros es lo que tienen, la sobrecarga de clichés. Sin embargo, se pueden apreciar ciertas novedades estilísticas, como el marcado acento musical, ya sea desde el rock a la música de patina épica que acompaña a ciertas escenas más psicológicas. O la diferente iluminación característica a estos films, dándole a la ciudad el brillo que la caracteriza bajo el sol reinante. 

Existen ya productos culturales, estéticos, intelectuales que prefijan y advierten las proclamas posmodernistas mucho más cercanos a éstas que lo que refleja el film ya que todo el arsenal teórico contra el proyecto modernista viene forjándose mucho más allá de lo que presuponen muchos críticos. Para ello es preciso saber rastrear ciertos rastros y sumergirse en un trabajo cuyo ámbito va más lejos que la intención del humilde post. No obstante, ya en el film podemos ver que la singularidad del personaje no es tan novedosa, el ambiente normalizado de la rareza tampoco es privilegio del film como tampoco lo es la enrevesada trama adscrita a la corrupción, drogas y sexo, vicios propios del género que no constituyen, o no debieran, un argumento válido para denigrar al ser humano como tampoco lo hace el santo contrario.

Así llegamos al tema principal, a la típica visión interesada de un ser humano atrapado por sus contradicciones, por la falta de guías únicas y exclusivas que prediquen la salvación u orientación de y hacia la felicidad. Un ser humano lobo para el propio ser humano pero con la capacidad de amar, con una redención que equivale al menos al instante decisivo del amor, del placer, del sexo, del ego. La búsqueda inmediata e interesada del placer nos lleva a creer que los vicios propios son innatos.

domingo, 14 de junio de 2015

20 retratos de activistas queer de la Radical gai, LSD y RQTR en el Madrid de los noventa. Andrés Serna. 2015.



Resultado de una residencia de investigación en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía el artista multidisciplinar Andrés Serna nos ofrece un retrato coherente dentro de la rica amalgama de valores, deseos y metas que ofrecen la veintena de perspectivas diferentes que pueblan el documento, en una época concreta que también ofrece, como todas, cierta pluralidad de cotas y clasificaciones para entender las propias metas que disponen las distintas cronologías en las que nos sumimos. Y decimos coherente pues el propio hecho del retrato así lo avala, no hay mucha más pretensión estética que la de dejar que las palabra fluyan y al fulgor de los recuerdos mezclados con un presente ciertamente grisáceo tomen una cartografía del personaje enfrentado a una cámara que reafirma distintos tiempos, los acontecidos y los no sucedidos, los perdidos y los vividos, para dotar a un retrato audiovisual de la escasa verosimilitud que ofrecen ciertos discursos más cercanos al propagandismo institucionalizado.

Guillermo Cobo, Sylvie Thomas, Sejo Carrascosa, Carmen Moreno, Ricardo López Elduayen, Ángeles Oliva, Jaime Tamarit, Ricardo Llamas, María Díaz, Eduardo Nabal, Guillermo Guenetxea, Fefa vila, Néstor Ibáñez, Isabel Echarren, Gabriel Cobo, Virginia Villaplana, Lucas Platero, José García, Jesús Bravo, Liliana Couso, Francis Orriols (Urri). 

Estos son los nombres de un retrato múltiple de un activismo tan oculto como descaradamente necesario. De una lucha drástica, que no dramática al menos en su forma, de un sentir tan variopinto como los diferentes egos que pueblan los caminos diferentes de entender sobre qué y cómo luchar, sobre cómo vivir la propia vida en la lucha de cada día pues al final todo retrato queda suspendido en las ramas del significante actual, de un presente que vive del pasado sin dejar de observar el futuro. Por ello el retrato aquí insinuado se asemeja más al retrato robot pintado de oídas que a la pulcra pero también engañosa fotografía, y ello no le quita un ápice de valor al retrato pues los rastros que pueden ser descubiertos en cada persona parecen hacer comprender aún más la necesidad del fracaso y la desilusión para el sempiterno asalto. Los diferentes grupos y personas que componen este activismo muestran que los modos de lucha y los diferentes ideales e intereses que mueven son tan variopintos como la propia vida, pretendidamente ordenada.

Para verlo:
https://www.youtube.com/watch?v=z-JrvnRwL44


miércoles, 13 de mayo de 2015

El destino (Al Massir). Youssef Chahine. 1997.



No creo que se pueda medir la cantidad del magnífico cine que desconocemos, por ello cuando descubres algo importante una de las principales cosas es agradecer el desvelamiento producido en este caso por el reportaje de Jean-Michel Frodon en la revista Caimán de febrero tras el atentado contra Charlie Hebdo. Ya no sólo por las fundadas razones que allí se ofrecen en torno a una temática difícil de abordar desde nuestra óptica generalmente etnocéntrica. Y es que el film alcanza grandes cotas cinematográficas dentro de un universo de cine industrial muy limitado desde la clave monetaria que presiden las grandes obras. Sirva de ejemplo la maravillosa influencia de la música en un film tan filosófico como un pequeño ensayo, narrado eso sí al más puro estilo clásico, estamos en las antípodas del cine ensayo teorizado por Bazin en torno a Marker.

Pero hablar de un filósofo en parte es hacer filosofía, realizar una correcta hermenéutica del pensamiento y vida de una figura clave como es la del cordobés Averroes requiere del estudio de la cuestión, acercar en secuencias, en giros de guión la cultura andalusí, la política del Califato, la diversidad cultural y religiosa de la segunda mitad del primer milenio es hacer un ejercicio de virtuosismo cinesófico. Hablar sobre el entendimiento, sobre las clases de éste distinguidas por el contemplativo médico sin caer en la erudición de sus propios textos hace fluir un cine acotado en la sensación, en la pura contemplación que emana en parte de la filosofía del, en parte, salvador de Aristóteles.

En la cinta por tanto van a confluir una filosofía de vida que va más allá del propio discurso teórico, más allá incluso que los propios actos, verdaderos significantes de nuestro pensamiento, pues la música, la danza, la vida expresada en los sentimientos simples que brotan del arte de vivir entendido desde la complejidad que lo caracteriza, pues la verdad anida tanto en el vino como en la buena filosofía que no se adscribe a ella. Regular todo este universo vital sin caer en los vicios que responden a toda generalización y a ciertas categorizaciones obstusas es la maestría que demuestra Youssef pasando del trasfondo político al amoroso o al filosófico mediante la cultura que rodea a toda circunstancia. Ensalzar la figura del Averroes humano, religioso, padre, marido y al tiempo darle a la mujer del filósofo el estrecho margen de importancia también resulta hoy un excelente ejercicio de reivindicación cuando algunas interpretaciones llegan a eliminar a la mujer musulmana. Además comprobamos como toda política se compromete con otras ideas, que la corrupción social emana de una figura, de un poder en cierto modo invisible que recorre el trasfondo de la ideas para desvirtuar ciertas correcciones en el mundo donde todo vale, pero no lo mismo.

lunes, 4 de mayo de 2015

The Imitation Game (Descifrando Enigma). Morten Tyldum. 2014.



Otro biopic con cierto aire pedagógico que rescata la figura de un científico y/o pensador, no para hablar de sus amores o dificultades, que las tuvo y demasiado grandes, si no para hablar del origen de uno de los mejores trabajos humanos y de una relación, fundamental hoy, como lo es nuestro amor por las máquinas y la tecnología que las acompaña. La elección del tema para hablar de una mente como la de Turing no desvirtualiza el hecho de una personalidad tan privilegiada como duramente maltratada por una sociedad ingrata con la diferencia y miope para la innovación por mucho que hoy quieran disfrazarla.

Todo el mundo puede hacer su propia película, acotar ciertos sucesos de la enorme cantidad de hechos que jalonan las vidas corrientes de hasta los más grandes genios, unos definirán un personaje, otros el mismo pero diferente, e incluso otros variarán el mismo personaje hasta cambiar incluso acontecimientos en beneficio de la trama, el público o el productor. A mi me parece que narrar la complejidad del pensamiento de Alan, e incluso los padecimientos que sufrió por amar de forma diferente a lo llamado habitual o natural pueden ser conducidos de otra manera. Destacar más una figura prodigiosa que un acontecimiento tan vital para el destino de una guerra como otros hechos bélicos generalmente ninguneados por una oficialidad generalmente monolítica. El acontecimiento se merienda a la figura genial que sigue siendo la especie de sombra a la que el gobierno británico le sumió hasta la reinstauración pública de hace unos pocos años. Todo sigue igual, la historia a veces se convierte en sierva del vencedor.

La película funciona bien, dos figuras diferentes, uno por su orientación sexual y su personalidad autista y aislada, y la mujer por su mera condición, van a saber liderar a un grupo de mentes elegidas para descifrar el código en el que van encriptados los mensajes del ejército alemán. No muchas novedades en las caracterizaciones de egos, en situaciones que avanzan hacia un clímax donde el dato tonto caído casi de la nada va a salvar un proyecto, pero no una vida. Como todo producto cultural se merece unos interrogantes, ya sean en torno al film mismo, sus circunstancias, hechos, etc. A mi se me ocurren las preguntas más bobas, interrogándome acerca de qué ocurriría si ese último dato no aflora y el proyecto es retirado si éxito, si la mente de Turing hubiese merecido los mismos elogios sin este hecho o si hubiese generado más problemática teórica y práctica sin ese suicidio por el que nadie se cuestiona asímismo. Preguntas diferentes para películas diferentes, muchas veces de eso se trata cuando ves un film, cuando atisbas medias figuras dentro de la incompletud a la que asistimos cada día.

jueves, 30 de abril de 2015

La teoría del todo (The Theory of Everything). James Marsh. 2014.



Personalmente no me gustan los biopic de gente aún viva y aunque en este el tema es acotado al primer matrimonio de Hawking la grandeza del título le otorga un halo que después no va a poder cubrir tratando de unificar en la ecuación fílmica una vida más compleja que los pequeños momentos retratados, ya sean estos en el plano físico o intelectual. 

Destacar la interpretación, sin la cual la cinta no alcanzaría ni la mitad de donde llega. Unas interpretaciones muy logradas, con un detalle muy imponente ante las limitaciones físicas que impone una enfermedad como es la ELA (esclerosis lateral amiotrófica). Pero no sólo en el apartado masculino se queda la cosa pues la mujer del científico va a componer el verdadero rostro del desgaste, la cara del desánimo ante una imposibilidad tan tangible como es la pérdida de la pasión, ante el marchitamiento de los mínimos deseos. Y es que el valor del film anida precisamente aquí, en mostrar la humanidad de una relación, ya sea espiritual, racional o soportada sólo como un sentimiento vehicular. La valía de enseñar ejemplarmente que a pesar de los errores que se puedan cometer, de las diferencias que puedan surgir, hay algo que los atraviesa transversalmente para hacernos ver que todo importa tanto como nada a la vez. 

Lo dicho, una historia al uso, para el gusto clásico de superación, creación e innovación que tan mal entendidos resuenan hoy en un lenguaje que a veces parece tomarse en serio la brevedad del tiempo de la que hablará Stephen para despachar la historia de los conceptos y evitar la reflexión que determina toda buena práctica.

jueves, 23 de abril de 2015

Whiplash. Damien Chazelle. 2014.



Interpretar, una partitura, una película, es algo muy diferente como bien demuestra la película, en el segundo caso hay mucho de subjetivo, y este no es le lugar para abordar debates sobre la crítica cinéfila, literaria o de cualquier otro asunto. Sin embargo, para interpretar necesitamos un texto, un partitura, una película, en todos los casos partimos de una generalidad, unos la tocan a rajatabla otros miramos las diversas capas que atraviesan todo producto cultural, y a éste le atraviesan infinitas, tantas como personas puedan observarla. Dentro de las muchas parcelas que componen esta gran sinfonía jazzística donde el orden quiere imponerse a la música de la improvisación. Y es que la principal arteria que recorre el film es la relación entre el genio y la educación, entre el talento y el pudor de éste para manifestarse plenamente ante la multitud de impulsos que nos rodean.

Aquí ya comenzamos a interpretar de modo diferente, mientras los número y las cadencias determinan las notas en el compás, las vivencias y los aprendizajes van a forjar una interpretación nunca satisfecha plenamente por el retrato del cine actual. Mi visión del hecho educativo no coincide con la visión profética pero ensangrentada del profesor, director. Ni con su idea del fin del jazz ante el poco empeño del talento por brotar de las innumerables mentes y manos que lo pueblan. El sangre, sudor y lágrimas aplicados a un individualismo mal entendido determina prácticas incoherentes con el proceso de socialización que marca también nuestro devenir, y ha formado incluso críticas a una cultura del esfuerzo que aplicada de forma metódico racional puede ser más efectiva que el actual soborno de esta misma idea de superación ante el afán capital monetario. Las notas surgidas de ciertas lecturas, de ciertas comparaciones no pueden ser igualadas en pretensión precisa al ritmo perfecto de una sintonía, al golpe de pedal preciso o al súbito redoblar de los platillos, pero al menos iluminan desde ángulos pertinentes y argumentados desde cierta coherencia racional otras formas de ver siempre insinuadas aún en el reverso de la más perversa o bella imagen.

Lo mejor del film, la música y el montaje, respetando el sobresaliente trabajo de ambos actores que transmiten con sobriedad los distintos estado de ánimo por los que pasa principalmente el joven estudiante. Y es que el montaje es de una precisión milimétrica, acompasado por una música diegética que nos acerca a un jazz puro, de auténtica big band pero exclusivamente interpretado por una batería, alma del ritmo y de la cadencia de imágenes que van a ir acompañando las diferentes situaciones por las que debe ir pasando aquel que quiere ser un genio de lo suyo. ¿Y lo demás? Improvisar.