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jueves, 8 de junio de 2017

Cafe Society. Woody Allen. 2016.



El último post sobre una película del director neoyorkino ya se refería al universo poético que rezuma el cine de Allen. No clarificaba los elementos de éste como el tema judío, ese amor sofisticado a la par que auténtico, la música jazz y es añoramiento de lo clásico como modelo. Estos y otros más aparecen nuevamente en la cinta y ya redundamos en las palabras más que esa nota autoral, por lo que hablar del cine de este ingenioso judío puede resultar obvio.

Personalmente el cine de Allen siempre entretiene, películas cortas y con historias complejas, ligeras y versátiles, aunque alguna de ellas parezcan mezclas, parodias y copias de sí mismo. Y este film me ha agradado notablemente, incluidas poéticas repetitivas y temas similares, pues la gracia y la fuerza están en este doble juego que propone la ficción, la del film y todo relato. El cambio es y no es, se cambia porque el tiempo juega con nosotros anulando lo queda de las alternativas que dejamos en la elección como menciona el intelectual cuñado de un personaje, alter ego de un narrador en cuyos modos descubrimos el cine al que nos acostumbra este cineasta.

Acertar en el doble juego ante la vida, ante la forma de hacer cine, no es cuestión badalí y sin embargo nada garantiza ni el yerro ni la satisfacción pues el cambio, como el cine o cualquier otra actividad dependen del libre albedrío y no de ninguna forma de regulación, a pesar del necesario orden que requiere nuestra vida en sociedad. Complejidades que afectan a nuestros deseos.

lunes, 17 de abril de 2017

Sierra de Teruel (L'espoir) André Malraux. 1939.




Un film que bien podría ser trasunto del destino de esa República donde observamos la carencia total de una materialidad compensada con una enorme voluntad. Pero el ánimo no es suficiente para sobrellevar la carencia material necesaria para el ser humano y tal como narra el autor francés, el buen hacer común en la lucha contra el fascismo hinca la rodilla ante la falta de medios, tal como le ocurrió al propio director en un rodaje asediado literalmente por una materialidad amenazante y una carencia de aquello que dota a la materia el brillo cinematográfico.

No obstante, el brillo del film apunta a la idea original, a ese tono propagandístico con el que fue diseñado donde la realidad se une a una especie de documento para ensalzar las ideas defendidas sin apenas dañar la posición contraria, enfatizando el sentimiento común de lucha contra un fascismo en alza y una pertenencia a una comunidad necesitada de la ayuda y la confianza de todos, desde el que se inmola vivamente hasta el campesino iletrado. El compromiso político es tan indudable como la falta de medios, tal como le ocurrió al imaginario que nació un abril.

La esperanza, el hecho en el que se basa el intelectual francés es el fin que observó cuando el pueblo pone todo se sí mismo para salvar y honrar a esas personas que sin nada que ver en nuestro conflicto fraternal daban todo de sí por los mismos principios contra los que luchará media Europa al año siguiente, y con los que seguimos peleando por mantener. Una esperanza que dicen es lo último que se pierde pues por más que siempre haya pérdidas, derrotas, los rastros siempre emergen.

martes, 4 de abril de 2017

Hasta el último hombre (To the last man). Henry Hathaway. 1933.



El western es el imaginario al que recurre ampliamente una sociedad norteamericana sedienta de un pasado que de origen a su esencia, y en este género cinematográfico se han movido tantas ideas como dilemas ocurrían en la naciente sociedad. En este caso el siempre correcto Hathaway se basa en una novela de Zane Grey's (clásico del género) donde el odio y la rivalidad van a viralizar el destino de varias generaciones que intentando soñar sólo van a encontrar el descanso en un sentimiento mucho más originario que el mito que siempre intenta interpretar.

La venganza y la ley sucumben al amor de una pareja que bien podría ser la de Verona, pero la tragedia aquí es invertida para dar a luz una nueva posibilidad. El renacer americano que posibilita el trabajo duro, el amor propio y la determinación tiene sus propias víctimas. Ya no es la joven pareja trágica pues la tragedia es quien profetiza el nuevo ser, destruir al gorrón una vez utilizado y amansar la naturaleza, aún no siendo ella, es condición indispensable para el nacimiento del sueño individual americano.

La resignación no casa con el mito, el buenhacer se rompe en cualquier momento pues la fragilidad ante la injusticia, el orden impuesto, la indiferencia y el mínimo temor marcan a unos seres capaces de mucho por aplacar unos deseos, o sueños, que bien deberíamos mirarnos antes.


jueves, 16 de marzo de 2017

Los hombres libres de Jones (Free State of Jones). Gary Ross. 2016.



Buena historia la de este Newton Knight para ilustrar el racismo con el que se forjó bastante del sueño americano, o pesadilla, pues no todos podemos dormir del mismo modo en un mundo donde se es dueño y no se es al mismo tiempo. Pero solo una gran historia no hace que el film disponga de la misma categoría como comprobamos en una cinta demasiado ambiciosa, pero con dosis de buen cine tan dispar como las piezas de un guión que a veces no parecen encajar con la suficiencia y eficacia que emanan de la continuidad que supone la grandeza.

La ambición quizá le viniese grande al querer trasladar todas las visiones de un esclavismo que servía tanto de coartada para guerrear como de producto económico en unas plantaciones donde la relación amo-esclavo que planteara Hegel filosóficamente adquiere carta de naturaleza antés y después de la fraternal lucha pues el tema, también invocado durante el film, se va deslizando hacia esa libertad que ondeará en el condado de Jones bajo la bandera norteña y una estela de derechos humanos donde la propiedad ya toma la consideración que hoy observamos.

No pasará como un film de culto pero entretiene a la par que muestra esas zonas oscuras de la pesadilla americana que aún hoy viven multitudes de minorías a lo largo y ancho de todo el mundo, no sólo en los EEUU. Y es que si a mediados del siglo pasado aún podíamos ver a un descendiente de este individuo ninguneado por unos tribunales tan volátiles como fuertes son las ideas que los enajenan por los vericuetos que crean los detentores, hoy nos podemos hacer una idea de lo que significa para mucha gente la diferencia, puro miedo.

lunes, 9 de enero de 2017

Las letras. Pablo Chavarría Gutiérrrez. 2015.



La palabra es el último reducto del ser humano, esa instancia para comprendernos y darnos un sentido, o eso tendemos a creer dotando a la razón y al juicio de la soberanía y del poder de decisión sobre nosotros. Por ello, la misma historia que aconteció al profesor no puede ser relata cerca del mismo uso que le llevó a la similar prisión de la que el realizador quiere escapar narrando una historia que tiene algo de luz cuando las letras son las que iluminan lo imaginado.

Puede resultar paradójico un resultado tan ambivalente donde la imagen no puede revelar más allá de las propias palabras que determinan el ordenamiento del caos policromático de la sensibilidad, sin embargo siempre se puede esclarecer algo de la indeterminación sensible que captan nuestros ojos pegados a la piel sabia que todo buen conocer recoge. Porque la piel como síntoma del sentir es capaz de aprender y aprehender de cualquier figuración por muy abstracta o realista que ésta pudiese parecer. El acontecer del presente y del pasado, de la realidad y la ficción intentan ser superados en una historia con distinto fin al propio desarrollo clásico, con distinto fin al que sufrió un protagonista disuelto en un pueblo y una razón que se escurren dentro de la propia historia real, en el interior de una ficción sin ella misma.

Fácil de ver puede ser un calificativo escaso, crítico o peyorativo dependiendo de la cualidad de esa facilidad donde entran otros factores como una comprensión que en este caso necesita de ir un poco más allá, de una labor que búsqueda del acontecimiento, del hecho sugerido con unas imágenes que no son nada fáciles de comprender hasta que uno recibe el alumbramiento de aquel acontecer en el que las letras no pudieron reflejar la verdad que sí aconteció.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Julieta. Pedro Almodovar. 2016.



Una historia sobre la culpa y poco más que decir pues el director manchego se sirve casi exclusivamente de una banda sonora sobrecargada, por el uso, de un misterio al que trocea en presentes y pasados para servirnos esta historia con cinco personajes, unas casas y un montón de euros. Y el misterio es el éxito del film, o quizá no tanto, pues que defraude a algunos no implica que lo haga a todos, al menos en este caso.

El cine se sirve habitualmente del recurso de graduar la información, de que el espectador sobreentienda al personaje que se crea para él, de saber contar con la experiencia de un espectador al que se le sitúa de manera inherente ante el personaje bien construido, pero el cine de este evasor se caracteriza por esos personajes débiles (no por ser mujer aún la típica representación que plasma habitualmente), por personajes que no son caracterizados fácilmente por su mera imposibilidad, por la apertura que representan o el caos al que el deseo les ha sometido. Personajes que nos pueden sacar de ese espacio creado para nosotros al salirse del guión normalizado, al someterse a la improvisación que necesita el director, la historia o la vuelta de tuerca que nos asombre hasta el aplauso. Pero aquí, ni vuelta de tuerca ni historia rocambolesca que ponga en visualización toda la impaciencia que ha ido generando el entramado musical que acompaña a cada pequeña escena. Evadir información no vasta para concurrir ante un público ávido de novedad, de sobresalto performativo, falto del rigor que acompaña a instancias superiores que cuspidan nombres por estética.

Película para ahorrarse si ya has visto grandes films del mismo autor, es decir, sólo para comparar, o para ver unas grandes interpretaciones.


jueves, 15 de diciembre de 2016

Havana Moon. The Rolling Stones. 2016.



Creía o quería encontrar algo más en este concierto inolvidable por lo simbólico y sólo encontré lo que puede deparar un sarao de estos tipos que podrían ser mis abuelos. Música en directo con un público entregado a las sonrisas de un Keith Richards tan acostumbrado a su espectáculo como vibrante y recién sacado del garito más cutre se mueve Jagger. Y gran música y nunca despreciable directo de un grupo que atraviesa diferentes generaciones a través de una cultura y una estética apropiada por el enemigo de la idea originaria cubana. De ahí los calificativos para un concierto bastante bueno si nos atenemos a las circunstancias físicas, un concierto que generó más expectación y debate del que merece un espectáculo con los intereses que mueve.

Sobre la realización resaltar ciertos planos acústicos al nivel de la sonoridad, elaborados y preparados pero con gran resultado estético. Planos de un montón de cámaras para frenar en algún momento puntual una escena de alta intensidad. Me hubiese gustado mucho más ver disfrutar al otro gran protagonista del encuentro, el pueblo cubano, su gente bailando y disfrutando de algo negado siempre desde un afuera. Observar el ritmo y el entusiasmo de toda una revolución en uno de sus momentos álgidos pues sin fiesta no hay cambio posible. Detenerme en los ojos de quien observa toda una vida en una canción, en un movimiento infernal de un cantante que expresa con la misma intensidad el "Satisfacion" como el "You can`t always get what you want", la contradicción y el agradecimiento, la vida y la historia...

Bailé sobre el sillón junto a una Cuba que empieza a bailar otro son, o quizá sea el mismo en distinto tempo... el propio tiempo y acciones dictarán.




martes, 29 de noviembre de 2016

It Follows. David Robert Mitchell. 2014.



Seguir la realidad en una película fantástica, de terror o como quiérase encuadrar en un género la cinta, puede ser de gran ayuda para todos aquellos que nos salimos del film ante los desvaríos de ciertas propuestas, y aquí se sigue esa naturalidad que dota al film de un aspecto más psicológico para el terror, siempre aderezado con las dosis poéticas que ofrece un buen género clásico. 

Y no va mal encaminada la historia hasta que se pierde un par de veces para desmesurar un final que nos deja tan perplejos como el inicio. Perplejidad ante el misterio, ante el azote de la incomprensión, duda que nos lleva hacia delante por sentir esa presión del que se siente acosado, precario, victimizado para ser verdugo.

Poco o mucho más puede salir de la apertura que el cierre del circulo propicia, la espiral del género juega consigo misma retorciendo cada peldaño para ofrecer una cinta fresca y entretenida, y poco o mucho más.

martes, 8 de noviembre de 2016

La muerte de Empédocles (Der Tod des Empedokles oder Wenn dann der Erde Grün von neuem Euch erglänzt). Danièle Huillet, Jean-Marie Straub. 1987.



Nunca me gustaron mucho las adaptaciones pues creo que cada obra tiene su valor y cada artista su medida y aquí Huillet y Straub desean trasladar los versos de Hölderlin a la gran pantalla de modo bastante literal, y si encima veo el film en versión original sin tener ni idea de esa lengua tan ducha para el concepto pero tan dura con la consonancia, el resultado es el tedio y el asombro ante tan desafortunado experimento para mis sentidos. La propia educación estética no me llega para calificar sorprendentemente bien el film visto.

La lógica romántica que sigue a la naturaleza en comunión con el hombre es lo destacado del film y sin embargo no puedo ver más allá de la rudeza de una lengua hablada con unos actores que parecieran leyendo los fragmentos de un viejo poema sin más expresión que la que otorga los planos fijos, largos y la escasez de interpretación. De ahí las medidas propuestas al principio de la perorata aún comprendiendo el riesgo de la disolución que propugna lo contrario y que también obedece al alto rasgo estético que queramos otorgar a una obra. Quizá esperaba ver otra cosa.

Si el presocrático hubiese saltado al Etna seguramente lo hubiese hecho con más alegría, con el mismo entusiasmo con el que discute su hecho, su razón, su idea, sin ese verbo expuesto ante oídos inhábiles y mentes en disposición para la dispersión que la propia lógica romántica inaugura con sus onirias.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Maps to the stars. David Cronenberg. 2014.



Los mapas siempre han sido necesarios para desenvolvernos por el mundo que nos rodea, para entender la geografía que nos rodea, para observar los cambios de estaciones y establecer esos festivos que ciclan nuestro tiempo. Las estrellas, puntos fijos donde querer anclar nuestro sino, que sin embargo se mueven en la apariencia que despierta todo mapa, en la relatividad de la posición del que observa, en el propio mapa que queramos configurar se muestran aquí en su doble acepción para mostrarnos que la fama también tiene sus mapas y sus relatividades.

El mapa puede ser diferente y el camino ser el mismo, o al revés pueden ser distintos caminos dentro del mismo mapa. Destino y origen se mezclan en esta cinta donde Cronenberg perfila una historia de popularidad, de egos centrados en sí mismos donde cada mapa presenta el mismo camino de perdición y desdicha ante la posición que otorga la vida. Cada personaje vislumbra su mapa a través del relato poético de Paul Eluard y su canto a la libertad para hacernos ver que la idea de mapa queda lejos del retrato perfecto que desean asignar, que cada destino puede ser fatalmente perseguido por un origen incierto, por unos miedos ancestrales que nublan el camino y falsean el final deseado.

El cine de Cronenberg siempre está dispuesto a trasladar una forma de la sociedad a una poética que se asemeja a la hipocresía que suele destilar su retrato. La realidad es llevada siempre a algún extremo, a ciertas dicotomías o excentricidades que se observan en la vida y que en la cinta son el reflejo de unas historias no siempre verosímiles pero sí con ese influjo para el cuestionar del que mira.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Coherence. James Ward Byrkit. 2013.



No anda desencaminada la coherencia hasta que el gato es multiplicado a las últimas consecuencias de una teoría que sólo nuestra poderosa imaginación es capaz hoy de vislumbrar apenas dados los limitados hechos que puede poner en juego. De ahí que la cinta a la vez que avanza va perdiendo un poco esa coherencia verosímil para adoptar definitivamente la poética de misterio con la que se inicia y plantear unas dudas que el propio relato soporta en su infinitud de casos.

Pero la cinta rezuma un aire fresco ante las limitaciones que propone una teoría como la de Schöringer y con ocho personajes y un salón el director logra crear desde ese ambiente mistérico una historia que no necesita de explicaciones adicionales a pesar de su flaco final donde la apertura deja claro que las realidades se construyen, que lo vivido, soñado, imaginado, acaso no es si no aquella reminiscencia de un azar que a nadie deja indiferente sin aún saberlo. Las elecciones parecen determinaron tanto como los hechos y algunas palabras, sin embargo, la falta de información en estas,  el deseo que mueve a la acción, los movimientos de otros, el susurro nunca dicho, la cobardía del instante... Todo fluye y puede fluir, todo posibilita la cinta, no la vida.

Ciencia ficción, con pocos medios y con una historia dentro de la coherencia que el propio título indica, que le baila a muchas de las grandes superproducciones del género donde el efectismo es trasladado a culmen artístico. Sólo por ello merece el vistazo.

sábado, 30 de julio de 2016

La correspondencia (La corrispondenza). Giuseppe Tornatore. 2016.



El amor puede ser una gran máscara, un sentimiento que ahoga y neutraliza otros sentimientos, otras acciones que nutren esos polos tan opuestos al amor y tan necesarios para que una pasión no se convierta en una enfermedad. Esa gran máscara puede funcionar igual para reactivar esa parcela de realidad social en la que lidiamos todos los días aguantando su frenesí competitivo. Las máscaras pululan por todos lados pues no sólo el amor adopta la teatralización como gesto de reclamo.

Si en otros momentos Tornatore ha sabido tocar la fibra sensible de este espectador en esta ocasión el film logra hacerlo en menor medida gracias a su desmedido e idealizado tratamiento temático como a un guión que, a veces, camufla con tintes de misterio y thriller una historia que necesita de demasiadas explicaciones y opta por un final demasiado rápido para encontrar esa tesis temática donde el amor eterno no puede acabar con la finitud que nos guía. El tema por tanto se convierte casi en el handicap del film pues al idealizarlo en demasía introduce al personaje dentro de una irrealidad a la que se le añade su misteriosa desaparición provocada por el mismo individualismo que parece guiar las acciones de un enamorado controlador que no supo una vez ya amar (tener hijos, familia, para no enseñarles lo que amas prueba mucho de un personaje que me recuerda la historia de la muchacha tracia y Tales) y ahora parece fiarlo todo al avance de un conocimiento que nunca debería estar más allá del sentimiento que lo acompaña, del mundo real que lo hincha y de sus moradores que lo sufren. De ahí su interés, doble quizá, en que su amada siga sus pasos, se convierta en una académica que siga determinando otros quehaceres, que siga limitando un amor que como el arte quiera liberizarse del corsé eterno que la historia y sus escritores les han endosado y apurar la libertad para entender que lo ideal está al alcance de lo factual, que la máscara perfecta esconde otra realidad. El amor, como se narra en una de mis cintas preferidas (2046), es una "cuestión de oportunidad", que, por tanto, se da en un tiempo y espacio delimitado, es decir, su frontera es el ahora, el instante donde el sentimiento compartido es celebrado, o cercenado, y por mucho que se desee estirar es necesario esa facticidad para alimentar ese juego de oportunidad que abre, quizá, una simple mirada.

Esa desmedida idealización por parte del profesor acerca del amor lleva a la historia sobre un amor imposible a los límites que la ciencia va a imponer, pues hoy las historias de amores imposibles parecen menos frecuentes dada la convicción general de la falta de límites para un amor al que aún le faltan demasiadas barreras que superar (género, religión, trata...) pero que manifiesta su profunda condición de no tener respuesta, de carecer del significado que se le suele buscar. Se ama, o no, sin tapujos, sin mentiras ni máscaras, sin tener que dirigir prediciendo el hecho amado por otro, sin tener que hacer de dos uno, ese uno mismo para perpetuar un amarse a sí mismo muy diferente del necesario para verdaderamente amar a los demás y explicitar las dos palabras que tan fácil de decir son, pero tan difíciles de digerir su intención, pues cuando verdaderamente se deben proferir, quizá no se deba dilatar y desenmascarar el sentimiento, el miedo. Decir adiós o te quiero nunca es fácil sin la máscara que esconde el miedo al límite, al fin, en el supuesto eterno ciclo que enfrentamos.

martes, 29 de marzo de 2016

Irrational Man. Woody Allen. 2015.



Pareciese como si cada vez que viera la última película del maestro neoyorquino estuviese viendo la misma película, la misma temática en torno al crimen perfecto, los mismos personajes de clase media con rasgos de intelectualidad preocupados por su ego y sus diatribas personales que acaban siempre en esas dudas del personaje dostoievsko que trata de emular últimamente nuestro otrora hipocondriaco, irónico y más creativo director. Bien es verdad que quizá haya fallado ante alguno de sus últimos trabajos pero la realidad es que no veo nada novedoso en su trabajo últimamente, esto es así.

Los últimos trabajos visitados se acercan mucho a éste, donde lo auténticamente pasable son las actuaciones de los actores en cuestión, pues el guión suele estar demasiado forzado a la consecución de un crimen que nunca llega a ser perfecto por mucho que la inteligencia trate de hacer una cosa que la realidad desmiente cada día cuando observamos la impunidad que a veces opera en nuestros sistemas de justicia. Además los personajes suelen ser unos clichés de una clase media que creyéndose su propio discurso a veces cree que está más allá del bien y del mal y como solución nietzscheniana adopta ese perfil lacónico y superior que alienta una desafortunada lectura del alemán. Así, ya sean éstos europeos o americanos, su relación con el mundo depende del propio ego, del propio relato que hace de la insatisfacción un hecho más cotidiano que la felicidad, una relación trastocada con unos problemas de clase que carecen de tal percepción cuando la verdadera realidad aprieta y se es incapaz de estar satisfecho.

Si ya vistes al menos tres de las últimas cinco películas de Allen, esta hora y media no te aportará nada nuevo, a no ser que vayas a investigar sobre las variaciones de Crimen y Castigo en cualquier ámbito, incluido el cine del neoyorquino.


miércoles, 13 de enero de 2016

Steve Jobs: The Man in the Machine. Alex Gibney. 2015.



Intentar comprender el drama que para muchas personas ocurrió tras la muerte del genio de Apple a través de la escueta biografía pública y unas cuantas entrevistas es un ejercicio difícil de realizar y mucho más cuando no llegas a entender el principal meollo de la cuestión. Como si el relato biográfico reseñara en sí el sentir de cada persona individual, fascinada con un personaje y una marca que pueden haber cambiado muchos rumbos en los senderos humanos, pero cuyas direcciones están aún por ver si son tan eficaces.

Al menos no estamos ante el típico documento glorificador, ante el retrato abanderado de una especie de mesías que tanto abunda sobre el personaje en cuestión. Pero las dudas que brotan en el relato están tan a la orden del día que es difícil pensar de alguna compañía o personaje que no realice alguna práctica tan ilegítima como legal.

Mi pregunta es, si quieres comprender a la gente, su drama ante tal desaparición, por qué no ir directamente a ellas, a su mundo, al mecanismo que organiza los tótems del nuevo siglo.


lunes, 4 de mayo de 2015

The Imitation Game (Descifrando Enigma). Morten Tyldum. 2014.



Otro biopic con cierto aire pedagógico que rescata la figura de un científico y/o pensador, no para hablar de sus amores o dificultades, que las tuvo y demasiado grandes, si no para hablar del origen de uno de los mejores trabajos humanos y de una relación, fundamental hoy, como lo es nuestro amor por las máquinas y la tecnología que las acompaña. La elección del tema para hablar de una mente como la de Turing no desvirtualiza el hecho de una personalidad tan privilegiada como duramente maltratada por una sociedad ingrata con la diferencia y miope para la innovación por mucho que hoy quieran disfrazarla.

Todo el mundo puede hacer su propia película, acotar ciertos sucesos de la enorme cantidad de hechos que jalonan las vidas corrientes de hasta los más grandes genios, unos definirán un personaje, otros el mismo pero diferente, e incluso otros variarán el mismo personaje hasta cambiar incluso acontecimientos en beneficio de la trama, el público o el productor. A mi me parece que narrar la complejidad del pensamiento de Alan, e incluso los padecimientos que sufrió por amar de forma diferente a lo llamado habitual o natural pueden ser conducidos de otra manera. Destacar más una figura prodigiosa que un acontecimiento tan vital para el destino de una guerra como otros hechos bélicos generalmente ninguneados por una oficialidad generalmente monolítica. El acontecimiento se merienda a la figura genial que sigue siendo la especie de sombra a la que el gobierno británico le sumió hasta la reinstauración pública de hace unos pocos años. Todo sigue igual, la historia a veces se convierte en sierva del vencedor.

La película funciona bien, dos figuras diferentes, uno por su orientación sexual y su personalidad autista y aislada, y la mujer por su mera condición, van a saber liderar a un grupo de mentes elegidas para descifrar el código en el que van encriptados los mensajes del ejército alemán. No muchas novedades en las caracterizaciones de egos, en situaciones que avanzan hacia un clímax donde el dato tonto caído casi de la nada va a salvar un proyecto, pero no una vida. Como todo producto cultural se merece unos interrogantes, ya sean en torno al film mismo, sus circunstancias, hechos, etc. A mi se me ocurren las preguntas más bobas, interrogándome acerca de qué ocurriría si ese último dato no aflora y el proyecto es retirado si éxito, si la mente de Turing hubiese merecido los mismos elogios sin este hecho o si hubiese generado más problemática teórica y práctica sin ese suicidio por el que nadie se cuestiona asímismo. Preguntas diferentes para películas diferentes, muchas veces de eso se trata cuando ves un film, cuando atisbas medias figuras dentro de la incompletud a la que asistimos cada día.

jueves, 30 de abril de 2015

La teoría del todo (The Theory of Everything). James Marsh. 2014.



Personalmente no me gustan los biopic de gente aún viva y aunque en este el tema es acotado al primer matrimonio de Hawking la grandeza del título le otorga un halo que después no va a poder cubrir tratando de unificar en la ecuación fílmica una vida más compleja que los pequeños momentos retratados, ya sean estos en el plano físico o intelectual. 

Destacar la interpretación, sin la cual la cinta no alcanzaría ni la mitad de donde llega. Unas interpretaciones muy logradas, con un detalle muy imponente ante las limitaciones físicas que impone una enfermedad como es la ELA (esclerosis lateral amiotrófica). Pero no sólo en el apartado masculino se queda la cosa pues la mujer del científico va a componer el verdadero rostro del desgaste, la cara del desánimo ante una imposibilidad tan tangible como es la pérdida de la pasión, ante el marchitamiento de los mínimos deseos. Y es que el valor del film anida precisamente aquí, en mostrar la humanidad de una relación, ya sea espiritual, racional o soportada sólo como un sentimiento vehicular. La valía de enseñar ejemplarmente que a pesar de los errores que se puedan cometer, de las diferencias que puedan surgir, hay algo que los atraviesa transversalmente para hacernos ver que todo importa tanto como nada a la vez. 

Lo dicho, una historia al uso, para el gusto clásico de superación, creación e innovación que tan mal entendidos resuenan hoy en un lenguaje que a veces parece tomarse en serio la brevedad del tiempo de la que hablará Stephen para despachar la historia de los conceptos y evitar la reflexión que determina toda buena práctica.

viernes, 10 de abril de 2015

Pasolini. Abel Ferrara. 2014.



Intentar acercar la complejidad del mundo de Pasolini retratando los últimos momentos de su vida, entre la familia y la intelectualidad, entre la realidad y la ficción, es un ejercicio que necesita de una óptica diferente, quizá para esos profanos del arte que atisban más allá de lo que uno pudiera interpretar, pero Ferrara suele estar apegado a la realidad, quizá demasiado drástica en su cine, entre una violencia y una poesía que acompaña igualmente al ser humano en su historia. Así el film es una mezcla de intentos, de reflejos de una figura clave del pensamiento estético audiovisual, de una figura prolífica en su país cuando hablamos de la relación entre política y arte, de un referente en entender lo que puede y vale un cuerpo. Y es que acotar en poco más de 80 minutos tal figura es tarea ardua, en la que sólo dibujando a pinceladas, entre realismo e impresionismo, entre costumbrismo y vanguardia, se puede acercar a atisbar una sombra que debiera ser más alargada para comprender el universo artístico y plástico de nuestros días sin caer en el extremismo del cómo debiera ser cualquier relación.

No es un biopic al uso, ni un pretendido documental de sus trágicas últimas horas, no desprende el halo perturbador que manifestaba en su discurso el escritor, ni la rica imaginería que brotaba de sus imágenes, pero el conjunto acerca el universo humano, demasiado humano, que desprenden ciertas personas, un universo poblado de esperanzas por el otro, por el amigo inesperado en el que se puede convertir cualquier desconocido, principio ético desde la antigüedad y de cuya pérdida advierte el autor italiano en su defensa del nuevo esteticismo más allá de la banalidad del capitalismo.

En cuanto a lo estrictamente fílmico, a veces un excesivo uso musical perturba el ambiente dramático puramente visual, otras veces lo acompaña diegéticamente de manera maravillosa, y con la imagen ocurre algo similar, pasa de una realidad poética asombrosa a un edulcorado sueño entre la oniria y la realidad, o a ciertos montajes en forma de collage para mostrar un tiempo poético en forma de recuerdos e imaginación. Se puede quedar corta, pero más quizá se convierta en exceso, sin embargo, sólo el intento de tal retrato merece la pena ser disfrutado y aplaudido, a pesar de las notas de alta cultura que desprende siempre todo halo italiano.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Yo maté a mi madre (J'ai tué ma mère; I Killed My Mother). Xavier Dolan. 2009



Para llegar a una película existen diferentes caminos, otras formas de acercarse a su universo general donde existen piezas más importantes que otras, y el otro día leyendo una crítica sobre Mommy el nuevo film de Xavier Dolan creí comprender que para enfrentarme a su luz debía antes enfrentarme a las ondas ya dispuestas que conforman el universo de un autor tan precoz como paradigmático en el nuevo mainstream que la otredad instala vendiendo la diferencia como un capital más. Creo que para comprender el universo maternal que viene ofreciendo este director había que enfrentarse con alguna de sus anteriores obras y así, con esa previa información, me adentré en la vida de un adolescente tan brillante como ingenuo, una persona con los propios errores y aciertos que posibilitan un contexto, un dogma, una razón.

El film es muy actual, en tanto que hay demasiada remezcla, se nota que Dolan es un alumno aventajado y sabe copiar, así podemos observar como Wong Kar Way, Gus Van Sant, Leo Carax o Korine alimentan poéticamente una historia tan individual como el reflejo de la sociedad que la concibe. Un drama que tiene que ver más con el ego que con las diferentes causas que provocan el aislamiento del individuo haciendo de su ser, de su diferencia, algo vital para navegar por la condición actual. Apenas existe la crítica o la reflexión sobre el tema pues la sensación principal se refleja en el personaje interpretado por el propio director (excesivo por adjetivarlo de algún modo), cuya relación con el mundo que lo rodea es tan ambivalente como su acción, privativa ante cancerígenos y afirmativa ante el festival orgiástico que celebran las drogas de diseño. Si bien las pinceladas críticas son mínimas, destacar algunos diálogos con la madre así como el estallido de ésta ante la provocativa expresión del director de colegio. Pero poco más, incluso la relación que mantiene con su chico es algo descafeinada, una relación del mismo corte individual que el resto de afecciones del susodicho. Otro rasgo del cine actual, más bien de la narrativa actual, es el desnudo del autor, un poco de pornografía emocional edulcorada y matizada a gusto del consumidor dándole la escasa veracidad que hoy un relato puede ofrecer. Y más cuando el relato se convierte en ese vídeo clip donde la música ofrece el ritmo perfecto para abonar a las imágenes con el seguido crecimiento emocional que pueden provocar. 

Pero se ven grandes maneras, un buen uso del tiempo fílmico que hace que la historia sea amena y entretenida, con pequeñas dosis trascendentales donde el ritmo es acompasado al estilo del cineasta asiático, y con esa narración visual clara y específica que si bien hay veces que no sirve de mucho, es interesante (productos de comida, plano siguiente bici y compra hecha). Ahora me arriesgaré con otra más para comprobar o refutar la escasa evolución temática y lanzarme ante una de las mejores películas del año para muchos, ahí es nada. 

martes, 16 de diciembre de 2014

El espía de dos cabezas (The Two-Headed spy). André De Toth. 1958.



Sentimientos enfrentados ante este film de un autor que si es algo es eso, autor, un buen hacedor de películas, de historias muy sólidas independientemente del elenco de actores, del presupuesto o de otras ficciones que no sean las propias del acto creativo. Por ello mismo el film se muestra como una nota más de la gran labor de un director que logra hacer una gran película cruzando géneros como el bélico, el cine negro y el thriller para narrar una historia quizá demasiado increíble pero muy lograda tanto en su forma histórica como en la ficción cinematográfica que la representa. Pero al mismo tiempo esa historia quizá demasiado elevada confrontada junto a la especial dedicatoria a Alexander Scotland dan mucho que pensar al destacar a un personaje un tanto oscuro tras la creación de esas prisiones para los interrogatorios un tanto crueles, por suavizar, para con los derechos humanos. De ahí el sentimiento enfrentado al ver una buena realización técnica al servicio de una idea sobre el ser humano y sobre la guerra en particular un tanto distraída.

La historia es mejor verla, una gran historia donde caben los espías, la amistad, el amor, el odio y todos esos sentimientos que suelen poblar una buena historia. Realizada magistralmente va dando detalles de ciertos sucesos históricos y otros fabulados para adornar tanto la historia como ese punto negro que no veo tan cómodamente al deslizar el ámbito victorioso al bando del realizador, del creador (recordar que la asistencia fue a cargo del propio Scotland). Los detalles se solucionan con unos simples planos de archivo, incluso el propio führer es trasladado al punto de no visión, para que gastar más de lo imprescindible y recibir posibles críticas por algo que no aporta nada relevante al desarrollo del drama. Un drama estupendamente interpretado por unos actores que no necesitan ser de primer orden pues con ser bueno en su trabajo es suficiente para la creación de unos personajes perfectos. Pedazo de actores esos que llaman secundarios, no te digo.

Mi crítica es muy velada desde que no me gustan los buenos, o lo que entiende la mayoría por los buenos. No me gusta el engaño ni la exaltación deliberada de actos e ideas fuera de cierto orden humano, de respeto por otras posturas y otras historias no tan oficialistas pero de gran sentido crítico. Ello no puede impedir ver la grandeza de un gran film, de una estupenda realización técnica que ofrece una entretenida y emotiva historia de amor, y ahí todo cine, toda imagen no puede errar por mucho que quiera, el amor es tan inatrapable como extraño y cual filosofía siempre en vuelo intentando comprenderse y atraparse, aún despegando tarde, su elucidación nos es necesaria.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Hacia Broadway (Harold apasionado, Amor y poesía) (Bumping Into Broadway). Hal Roach. 1919.



El chico de las gafas ya había aparecido con fortuna en otros films y daría para muchos más para rivalizar con el par de artistas con los que formaría el llamado triunvirato cómico del cine mudo. En este film como en los siguientes va a ir forjando esa imagen tan distinta a los personajes de Chaplin o Keaton, un personaje muy cercano a el público que quiere ir ganando el cinematógrafo por esos años de salida definitiva de la barraca. Así nuestro hombre de gafas se enfrenta a una situación elementalmente burguesa, a ese liberalismo que define al hombre desde la superación y los sueños, desde una acrítica posición que sólo mira el futuro intentando no padecer el presente. Nuestro muchacho perseguido por la casera y sus recibos se enreda en una situación amorosa desde el cinismo, saliendo airoso de las distintas persecuciones y situaciones que le impone el camino al que desea llegar. El dinero es la búsqueda sempiterna de un ser que no va a Broadway por el arte que pueda destilar por esos lares, sino por todo aquello que significa el verde papel en el mundo, es decir, supuesta felicidad. Para ello no duda muy al contrario que sus rivales incluso de abofetear a otros personajes, pedir cuentas y mentir para conseguir la satisfacción del deseo primario. La historia, tan manida posteriormente nos hace ver la escasa creación existente en la ficción en general, lo de siempre pero al principio, como para entender un poco con aquello que llamamos historia del cine.

De la película en sí mucho que destacar pues Lloyd en esa época ya comienza a ser un maestro en eso de hacer piruetas tanto fílmicas como físicas, recurriendo a un montaje ágil y a una puesta en escena con un movimiento acelerado tanto de personajes como de acciones. Todavía no posee la dirección técnica total de sus proyectos ni la audacia para colocar la cámara en esos lugares tan insospechados como espectaculares de sus obras maestras posteriores, pero ya se atisba un gusto por el uso de planos variados, de encuadres diferentes y ese veloz ritmo que acompañan a sus películas.

Decepcionado al esperar otra cosa del film, al tener puesta la expectativa en otro lugar, en otro género donde esperaba ver algo más humano y poético, pero es lo que tiene ver películas sin referencias, sólo por un título que te llama la atención (y por el autor, como no) y que tenías pendiente hace tiempo. Y al mismo entusiasmado al ver otras producciones "menores" de un maestro de esto de las imágenes, aunque fuera por su causa, pues siempre se aprende y puedes observar la evolución de un hombre como Lloyd, uno de los pioneros que dejaron una huella quizá demasiado alargada, demasiado acompasada a otros derroteros más allá de la imagen pero que la acompañan en esta sociedad espectacularizada.