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lunes, 14 de agosto de 2017

15M. Libre te quiero. Basilio Martín Patino. 2012.



Ayer nos dejaba el enorme cineasta Basilio Marín Patino y que mejor forma de homenajearlo que escribir unas palabras tras visionar su última aportación al mundo audiovisual. Una composición casi a modo de sinfonía caleidoscópica sobre el fenómeno político más importante ocurrido en nuestro país en el recién iniciado siglo. Un documento gráfico que, a la vez, es manifiesto del querer de un artista, ya  que con lo que captan sus cámaras nos incita a visionar cómo es ese poso, del que por desgracia nos hemos desprendido años después, de un fluir social y emocional del que escapa la escasa libertad que deja, incluso, el propio ánimo de ordenar, clasificar, nombrar, con el que se pretende ganar el cielo.

Sabio para saber qué grabar sin cortar y, apoyado en el enorme poema de otra figura enorme recientemente desaparecida como es el gran Agustín, versado musicalmente por Amancio Prada, el genio salmantino dirige batuta en mano la melodía que brotaba de aquel estallido político-social que invadió muchas de las plazas de este país. Las voces, son las justas y necesarias para dar al acontecimiento la relevancia que los medios solían sortear, pues la voz importante sale de las diferentes manifestaciones con las que el autor se encuentra en los días que Madrid volvió a ser ciudad. Carteles, performances, solistas, grupos de cante, baile, percusión, payasos, estatuas, proyecciones, mítines y armas de diverso calibre (flautas, globos, manos y aviones de papel)... acompañan al espectador para intentar mostrar la esencia de una palabra compleja como es la libertad. Un deseo que emana del propio título, el de querer lo que fue, lo que es, lo que vemos, un deseo de no olvidar nunca la memoria (incluso aquella que no fue) que como bien conoce nuestro director, es la garantía para un futuro donde no se intente derivar de la palabra libre unas consecuencias nefastas incluso para ella misma, pues las palabras viven, cambian, mudan, y con ellas las vidas de los hablantes.

Solo hay que fijarse en el tono festivo de la mayoría de las imágenes, en cómo obvia la mayoría de imágenes de contenido violento, las cuáles conocemos todos perfectamente, para centrarse en la verdadera libertad que emana del júbilo, del intentar tomar las riendas a la deriva institucional a la que estamos sometidos tras un largo proceso desintificador del cuerpo político del que (hemos) formamos parte. Un peligro casi insoslayable si son otros los que dicen que es la libertad, y otros tantos conceptos, en los tiempos posmodernos en los que algunos quieren acomodarnos. Pero no todo vale lo mismo y ahí es donde acierta nuestro sabio director para ilustrar lo verdaderamente emocionante del acontecimiento político contemporáneo sucedido en nuestra frontera y fuera de ella. Acercándonos con su imagen, con su montaje, un pedazo de la esencia de aquello que le emocionó como para ver y darnos a entender qué ahí algo que vale más que otra cosa. Pongan nombre a esa cosa, a ese algo, e indígnesen, sean libres para expresar el descontento y háganlo, alegre y libremente.


https://vimeo.com/81328468

https://vimeo.com/81379638


lunes, 10 de abril de 2017

Divine horsemen: The Living Gods of Haiti. Maya Deren. 1985.



Un domingo, resacado de otra de mis grandes pasiones, el fútbol en este caso ya que existen múltiples, echas un vistazo a la programación de la Filmoteca y descubres, intuyendo, que algo puede ser muy interesante. Y en la sala comienza aflorando esa intuición con la presentación que realiza la profesora Sonia García López de ese universo dereniano, aún ignoto para el que escribe y que, a la hora de escribir estas líneas, ya ha adoptado esa posición de reverencia tras engullir todo el material disponible en la red. Y es que el universo que relatara la profesora es confirmado en esa obra vanguardista que fluye en la praxis cinematográfica de la autora, aún queda por confirmar su relato teórico plasmado en sus escritos, y que algo intuimos en la obra que vamos a comentar, a pesar de ser un montaje no tan cercano a lo que ella podría pensar sobre su obra, pues como señalaba la docente perfilando la figura de Eleanora Derenkoskaia, cuando el antropólogo llega los dioses se van.

Expresar la realidad va más allá del racionamiento lógico que el cine y su montaje, llamado clásico, han intentado hacernos ver, pues la percepción puede apuntar más allá de lo que una cámara puede llegar a filmar. La experiencia fílmica anterior a este film resuelto por el compañero de la autora sugiere toda esa práctica cinematográfica en aras de una visualización más amplia de la realidad, de la posesión de esa parcela subjetiva que ofrece el mundo a los diferentes dispositivos que lo contemplan, que lo frecuentan y se dejan poseer por él. Para entrar o poseer la realidad es necesario un pensamiento más allá de la lógica clásica, un aventurarse en los sueños y en lo desconocido con el alma del antropólogo, con la suficiente empatía y ansia por conocer para desterrar los prejuicios que limitan el acceso a la realidad que tememos. Por ello mismo, el documento audiovisual no logra lo que ofrece el texto, el relato de una vivencia donde la propia forma de acceder de la autora a esa experiencia fílmicamente falla, no sólo por la interpretación a la que está expuesta, también en la propias palabras de la autora al referirse al asunto.

A pesar de ello podemos observar en qué universo nos vamos a inmiscuir una vez atrapados por esa manera de asir la realidad. El universo dereniano adquiere esa animadversión con el tiempo, con el mundo físico que lo soporta para plasmar un acceso diferente a la realidad que requiere todo arte si no quiere acabar siendo la pantomima de sí mismo. En su lucha con el tiempo se observa esa repetición de planos donde empezar y terminar no tienen la lógica que necesita el relato, como miramos la ralentización que opera en acciones de importancia, así como una fragmentación cercana al collage que viene siendo fomentado desde la vanguardia europea. Una vanguardia que influye notablemente en la obra de Maya y que aquí percibimos incluso en la propia temática, una extraña forma de acceso a la realidad donde la mixtura viene acompañada de una posesión de los cuerpos que bien se puede asimilar al éxtasis, a la participación plena en la realidad que puede sentir el bailarín afligido por el sentimiento que quiere expresar, a la oda que el poeta quiere completar, la melodía que un cantante desea entonar, incluso el silencio que puede experimentar un futbolista al marcar. Los cuerpos pueden expresar mucho más de lo que una cámara puede captar pues es desde su interior   donde brotan las palabras que organizan el documental.

jueves, 30 de marzo de 2017

20th Century Women. Mike Mills. 2016.




En una nación que se enorgullecía de trabajar duro, de familias fuertes, de comunidades unidas, y de nuestra fe en Dios, demasiados de nosotros tienden ahora a la autoindulgencia y al culto al consumo; la identidad humana ya no se define por lo que uno hace, sino por lo que uno posee. Pero hemos descubierto que poseer y consumir cosas no satisface nuestro anhelo de significado...

Discurso de Jimmy Carter, 15 julio 1979.

La crisis de desconfianza que avanzaban las diferentes corrientes estéticas, desde que el propio sufragismo y la lucha por los derechos civiles comenzaran a interponer cuerpos y arte frente a la racionalización que los arrinconaba, va a estallar con el fenómeno punk y el malestar general social del que se hace eco el trigésimo noveno presidente norteamericano. Un malestar cuyas causas van a depender de las vidas que lo soportan, de las historias que nos llevan, pues igual que en tiempos pretéritos el tabaco no mataba, ahora el gusto ya no está definido desde alturas invislumbrables para los neófitos. El pasado más inmediato apunta direcciones y en ellas el malestar de fondo sigue hoy bien presente.

Del malestar pueden salir grandes cosas,..... como este bello film feminista donde atisbar que, bajo los distintos sellos personales, los conflictos que nos acercan a un malestar general no son más que el propio sueño liberador de esa estética del siglo pasado, que creyendo adivinar el sinsentido de todo arte y de toda acción pretendía resolver toda problemática humana como lo hace una madre, un terapeuta, o un consejo en forma de libro. La individualidad venía ya en camino, lo mismo que la soledad o la ansiedad, lo mismo que era transformada la forma de aprender, de socializar. El recurso intergeneracional proyectado hacia el futuro posibilita esta forma de alargar la historia de estas mujeres y de este varón que aprenden a ser hombres.

Simplemente imprenscindible, de las de ver en vez de leer a los que ya la vieron para no empañar el significado anhelado.

martes, 21 de febrero de 2017

Tarde para la ira. Raúl Arévalo. 2016.




Excelente opera prima de un tocayo que ha sabido dotar a la venganza de su irracionalidad para convertirla en aquello que puede provocar un reencuentro, una salida, pues como casi todo en la vida depende del ojo con que se mira el vaso medio lleno, vacío, o acaso sin recipiente. 

Una historia negra donde la disolución del bien y del mal descansa en unos personajes donde el tiempo ha hecho estragos pues el cambio afecta a su manera a cada cual. Los hay que no pueden pasar página y los que se apuntan a toda moda, como el término medio, pero cromos es implacable ante una vida humana imposible de anticipar. La violencia es un hecho del ser humano, o no, depende de la categoría que le demos a ese "hecho", como la mirada hacia el vaso, pero aquí nuevamente se convierte en cierta categoría temporal donde es tan aplacada como subsumida en ese ansia de venganza que hace que unos salgan de la vida y otros entren. Ver cómo un atributo humano puede controlar las vidas de las personas es otro hecho bruto con el que no nos acostumbramos pero que sin quererlo mueven la vida dentro de ese cambio que va de la serenidad al ajetreo tanto de un cambio como de la inmovilidad ante él.

Pero como es natural éste último no es realmente el único atributo que moldea las vidas y circunstancias de las personas y en la cinta encontramos un amor que atrae y repele cual polo magnético, pues no va a ser el sentimiento amoroso menos ante esta multipolaridad de lo conceptual, de la vida y de la manera en que nos tomamos las cosas. El amor puede ser condena tanto como salvación, tortura tanto como benigna pasión y sólo adentrándose en la acción podremos comprobar hasta dónde podemos llegar, los límites de nuestro amor o nuestra ira.



lunes, 20 de febrero de 2017

Mi tío Jacinto. Ladislao Vajda. 1956.




El director húngaro ya había cosechado éxitos comerciales y artísticos dos años atrás con títulos como Marcelino pan y vino y Tarde de toros y en esta obra se sirve del relato de un compatriota suyo para firmar esta gran obra maestra del llamado neorrealismo español. Obra que no obtuvo tanto éxito comercial como las anteriores, ganando incluso el premio del público en la Berlinale, pero que con el tiempo muestra el repertorio de maestría de un director de un estilo fácil en apariencia pero con una sensibilidad que despierta más de una conciencia.

El film muestra a la perfección la miseria humana de posguerra en un Madrid, ya de señoritos, donde la única fama es posible dentro de un ruedo pues en la humildad de la miseria sólo cabe ganarse los duros para el día y poder llenar el estómago. La picaresca española es un hecho que nuestra literatura ha recogido magistralmente y en la que beben todas estas historias que muestran la miseria moral de una sociedad siempre por debajo de los acontecimientos. de unos personajes atravesados todavía más abajo de unos hechos siempre injustos para los nacidos en ciertas otras circunstancias. Y el cine igualmente recoge esta especie de idiosincrasia patria para mostrarnos el rostro de un pueblo y unos moradores tan grandes como menguados.

La charlotada a la que es impelido el protagonista se convierte no sólo en la irónica crítica social que subyace todo el film si no que es trasunto del panorama generalizado de una sociedad ya ávida de todas aquellas sensaciones cortadas por la lucha fratricida y sus largas consecuencias. Volver a la plaza invita a soñar para despertar en el mismo amanecer de una plaza llena de colillas, pero soñando.

domingo, 29 de enero de 2017

El Olivo. Icíar Bollaín. 2016.




Si le hubieran preguntado a la persona que plantó el olivo hace dos mil años cómo sería el mundo hoy no creo que hubiese podido responder tan acertadamente como ilustra el cine de Iciar. El tiempo puede hacer estragos todo lo que a él se vincula y nuestro mundo entero ha de pasar ante su implacable rueda. Sin embargo los humanos obsesionados desde siempre con la perdurabilidad hemos ido acrecentando nuestro deseo y relativamente accedemos a la inmortalidad de la historia, del mito, del relato. Todo tiempo tiene sus cadenas respecto a cómo guardar los trozos de tiempo, de cómo mantener el fuego de la sucesión, el hilo familiar que aúpa al individuo deshonesto que todos llevamos dentro por imaginar y autoengañarnos. Quizá veinticuatro fotogramas no den más que para un dulce segundo, quizá amargo, pero la directora madrileña en la poco más de hora y media que dura la cinta nos cuenta muchas más cosas que la loca peripecia por recuperar un árbol.

Tampoco nosotros somos capaces de dar una gran respuesta al cómo de dentro de dos mil años, primo debemos aprender a mirar con la ayuda de otros, por eso acierta Bollaín relatando una familia y un país, una cultura cobijada en tantas otras que no cesa de articular nuevos modos de hacer desde viejos paradigmas. Sólo hace falta dar el salto hacia delante sea cual fuere ese adelante, saber conservar dejando marchar, aprendiendo en la soledad de la compañía. Un sentimiento y una mentira, el propio engaño que nos autoinfringimos por ser quienes creemos ser, malentendidos formulados desde nuestra propia incomprensión. Avanzar, quizá el tiempo lo haga, progresar no es más que un concepto traspasado desde el ámbito científico, el futuro del ser depende de un nosotros.

La película descansa en ese formato de road movie donde los personajes van a iniciar el cambio que necesitan y en ese pequeño movimiento comprobaremos, de modo quizá demasiado explícito, todo un relato familiar donde los silencios pudieron más que los sentimientos acallados por ellos. Trazaremos un viaje, no por la Europa soñada y grande por nuestros mayores aprisionados por la dictadura, sino por la fluida zona donde las personas son tan libres que cortan los escaso vínculos realmente importantes. De la corrupción al duro trabajo hay muchas ligazones pero aunque no se concrete mucho la primordial, el fruto del trabajo tampoco nos hizo libres. Para acabar con la falsa libertad no es necesario una vuelta atrás sino saber acertar cuando queramos atrapar un tiempo convulso por el que nos inmolamos para malgastarlo sin poder decir aquello que deseamos de otros y nosotros.


martes, 24 de enero de 2017

La llegada (The Arrival). 2016.




Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, 
porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.



La pertinente lectura de la historia original de Chang desvela un universo que tiene que ver más con el tema principal, que tiene que ser explicitado en el film mediante una teoría antropológica, sin por ello estar por encima de un relato audiovisual que conoce del truco melodramático para configurar una historia visual que también tiene que ver más, pero con uno de los grandes puntos del tema principal. Siempre desde la suposición de la existencia de ese tema principal, de ese principio vertebrador de un film o una historia que oscila siempre desde nuestros parámetros cronológicos y logra como la luz refractarse y reflexionarse para llegar al punto deseado, previamente destinado desde el propio libre albedrío, ya que hacer historias implica a un sujeto, con todo lo que ello conlleva.

Los cambios entre la lectura y el visionado del film ahondan en la propia temática narrada y es un buen ejercicio leer, o volver a hacerlo, la pequeña historia para poder observar cómo el lenguaje a pesar del condicionamiento que proporciona a nuestras mentes y actos no es suficiente para poder dar esa última explicación que requiere el vasto universo del que polvo creemos ser. Ni la ciencia tan anclada en nuestro ser, ni la gnoseología más cercana a sus postulados pueden proveer del sentido claro que tampoco otorgan las filosofías del lenguaje, y sin embargo, todas ellas son herramientas para intentar que ese sentido vaya aclarándose cada vez un poco más dentro del sentido temporal que nos fija. María Zambrano logra ver en los claros de su bosque esa parcela de espiritualidad donde el sentido puede precariamente ser desvelado, quizá sólo en pequeñas dosis que tampoco dan el alivio total que busca el hombre en su preguntar. Cabe preguntarse qué ramas son las que tapan la luz, qué vientos las mueven para no dejar pasar esa luz que inunda un universo del que apenas conocemos lo que nuestro cuerpo nos deja, aquello para lo que nuestro cuerpo reacciona. O ir más acá y preguntarnos desde nuestro propio conocimiento qué desea o necesita nuestro ser, y ahí andamos, debatiéndonos entre la irremediabilidad de un destino al que nos tiene abocados el universo o la libertad que supone tener una autoconciencia, si bien limitada. Y es que todo puede quedar anclado en el eco de una sonrisa, o devenir en algún otro multiverso hacia la realización, la confirmación de una sospecha, conocer un acontecer sin la resignación, o con ella, pero siempre con la sonrisa. 

En cuanto al film propiamente dicho, decir que sabe aprovechar la parcela que mejor se le ha dado a este arte dotando a la historia de ese tono dramático por el que se le da un mayor peso al regalo que recibe la doctora Banks y menos a toda esa diferencia que distingue dos mundos distintos y que, sin embargo, pueden acercarse al ubicarse todos en el mismo tiempo, de diferente medida y transición. Tema principal donde nuestra propia cartografía, nuestro propio cuerpo sensible es límite incluso para la comprensión necesaria, como para tratar de proyectar comercialmente toda una diferencia a un público que observa, generalmente, diferente al propio ser humano. Quizá el verdadero regalo lo tengamos frente a nuestros ojos y no sepamos vislumbrarlo.






martes, 15 de noviembre de 2016

El nuevo Nuevo Testamento (Le tout nouveau testament). Jaco Van Dormael. 2015.



Si supiese cuando fuese a morir puede que no cambiase nada de lo que hago, o puede que sí lo hiciese pues la certeza de ese fatídico dato podría revelar ese algo que la inquietud aguarda para el ser humano. Generalmente aceptamos como buena una pequeña parcela de satisfacción y queremos conservar ese prurito de felicidad hallado, pero las certezas lo cambian todo, o eso intuimos creer.

Con la premisa del dato certero de la muerte de cada individuo Jaco Van Dormael va a retratar irónicamente una forma de pensar a través de seis nuevos evangelistas que hablando de si mismos logran crear un nuevo corpus doctrinal para dar paso al paradigma sometido por el sagrado varón. Una cinta tan fresca como la propia hija de Dios que, valiéndose de la opresión a la que ha sido sometida, encuentra fuerzas, aun sin saber llorar, para plantar cara al creador bruselino y predicar una nueva forma de entender la vida donde cada uno posee su propia música, su melodía adquirida por su condición vital oscilante.

El nuevo Nuevo Testamento ofrece esos relatos donde el Mesías desaparece para dar la palabra al evangelista, a cada persona azarosa que vive la angustia de la parca a su manera y por ello mismo debe tener voz en un credo que acerca más la religión monoteísta a la democracia que parece contener en su interior. La crítica es mordaz, inteligentemente irónica y con unas dosis de humor que plantan cara al surrealismo divino planteado. La mejor película que he visto este año, sin duda.

Porque la vida es como una pista de patinaje mucha gente se acaba cayendo, no dejéis de verla antes de caer (y volver a levantaros).

lunes, 7 de noviembre de 2016

Oleg y las raras artes. Andrés Duque. 2016.



Oleg Karavaychuk es un personaje a rescatar, un personaje que se presta a las mil maravillas a un documental que no requiere de presentaciones, de la cuenta minuciosa de azares y anécdotas vitales para comprender el ser de una persona que con su presencia extravagante, su palabrería estética y sus manos prodigiosas ante el piano zarista que visita van a decir lo justo para que el espectador despierte de la letanía de la melodía y deba indagar posteriormente esos hechos que permitan comprender la figura de un pianista con letras mayúsculas.

Entre la consonancia y su opuesto Oleg propone una mucosa que siente la verdadera melodía del todo, entre la propuesta pura del diálogo sorpresivo y la autoría el espectador es capaz de sentir todos esos momentos de música que regala el pianista a un documentalista fiel al verbo que lo define. La melodía visual es la puesta en escena de las raras artes, del esperpento y la belleza comunándose en la voz de varias obras, la del artista, Duque, Karavaychuk, la del espectador y la memoria.

Si una cinta suscita y mueve su ser ha devenido, en consonancia o disonancia, en la semejanza o en la diferencia, pero realizado (y si no también). ¡Qué devenga!

miércoles, 26 de octubre de 2016

What happened Miss Simone? Liz Garbus. 2015.



La respuesta a una pregunta tan abstracta requiere de una respuesta concreta, de narrar unos hechos que escapan a una interrogación que desea mucho más de lo que una historia puede comprometer en una situación de todo o nada pues como vamos a observar la introducción en el universo de Nina Simone es mucho más que narrar la historia de una pregunta que desvaría hacia ciertos puntos de fuga, hacia las interpretaciones que cada cual quiera sacar de una vida que va más allá de la música, del arte, de un compromiso y los siempre prejuicios que nos rodean como espectadores. La pregunta interpela a una persona que vive una vida con unos hechos y personas que no son puestos en la tela de juicio necesaria para urdir esa respuesta enigmática que describe la circunstancia de toda una vida, pues condensar en unos minutos las múltiples respuestas que ofrecen imágenes, relatos, recuerdos, letras o entrevistas es tan problemática como la univocidad de la respuesta.

Lo mejor del film es rescatar partes de la vida y circunstancias de una cantante no tan conocida para el gran público pero de indiscutible puesta en su lugar, como artista y como activista, como persona. Porque ella misma tenía que convivir con su condición, con la propia Nina, y no parecerse a esos artistas que no participan en la difusión de un mensaje, que según sus propias palabras son más felices, pero no están conectados con la necesidad de cambio que requería la sociedad del momento. 

Aquello que la pudiera pasar como el eslabón que te hace caer es mucho más que los prejuicios raciales, el maltrato de su marido o la escueta niñez pegada a un piano que sobrevuelan las ideas generales del film. Los eslabones para caer son también el amor por una hija a la que el exceso de trabajo no te deja cuidar, ese fenómeno que el capital tiene en cuenta solo si es revalorizable, como también pueden ser las propias listas de éxitos y la sobrexposición a la que el arte o artista comenzaba a sucumbir. Eslabones y eslabones que quizá encontremos en la sutileza de su voz, en las letras de sus canciones desgarradoras y activas, de verbo duro y flexible melodía. De las que tienen esa vida inclasificable...

Ain't Got No, I Got Life.


martes, 25 de octubre de 2016

Room (La habitación). Lenny Abrahamson. 2015.



La metáfora más adecuada para intentar comprender el universo que nos ofrece esta habitación bien podría ser la caverna platónica donde el conocimiento es asido en una escala, o bien podría ser la docta ignorancia del cusano donde la escala parte de uno mismo y el humanismo y su individualismo empiezan a volar. Pero quizá no haga falta ponerse filosófico para hablar de un film que atisba en sus diferenciadas partes todo un universo por descubrir, o redescubrir porque las lecciones que todo producto cultural ofrece bien pueden ser tamizadas por las diferentes formas de acrecentar las estancias que verdaderamente amplían nuestro mundo, nuestra estrecha comprensión del propio dormitorio.

La primera de la cinta nos ofrece un relato donde ya observamos la fuerza de una madre y la fuerza de un niño, el amor y el conocimiento comienzan a darse la mano para sobrellevar una situación que va a ir acrecentándose hasta el culmen del reencuentro. Una primera parte in crescendo para situarnos ante la realidad, la del film y la que representa, una realidad que desborda a cada personaje a su manera pero que enseña la verdadera y real plasticidad de un ser humano que no puede dejar de ser un niño, de temer y amar, de asombrarse y decepcionarse.

Y aquí, en la realidad, es donde se juega el papel del film, de la vida, donde las ideologías apuntan a una materia para darle la forma que se quiere. la que moldean moldeando, las que escalan en diferentes medidas para otorgar el don de la razón, instrumento deificado para amplificar habitaciones en las que convivir, pues no hay conocimiento sin pares. Por ello las enseñanzas y deseos son enfrentados de una parte a otra convirtiendo el mundo en lo que siempre puede ser y en lo que es, en el constructo que hace cada cual de su propio habitar, en el deseo y esperanza que podemos conjugar.

Hablábamos de conocimiento y de humanismo al principio del post en un film donde se resquebraja toda dignidad humana, donde los protagonistas se ven en situaciones donde esa dignidad se vuelve completamente ilusoria, pero para acabar con otro humanista como Pico "No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal, ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen pintor o un hábil escultor, remates tu propia forma" La libertad necesita tanto del conocimiento como de la igualdad, y eso no siempre es fácil de darse.

domingo, 25 de septiembre de 2016

El abrazo de la serpiente. Ciro Guerra. 2015.



El conocimiento puede ser todo y no ser nada, puede habitar en la belleza y en el horror, puede deambular por el abismo del origen o el del fin pues es de él de donde parte todo, lo bueno y lo malo, los propios sueños que se deslizan para arrancar lo que somos, lo que pretendemos ser de unos sueños que no son mas que las esperanzas que nutren la entelequia que suele mostrar el vocablo que dirige el post.

Pero el film no descansa en la placidez de una idealidad, ni se desborda en la sinrazón que puede plantear la naturaleza más salvaje, pues pretende llevarnos a comprender los sueños a través de la intersección de los registros temporales donde el pasado ayuda a comprender el futuro para que la guía de los sueños no se convierta en la pesadilla de un vago e irreal conocimiento. Atender al mundo  que nos circunscribe se convierte en la primera y original apuesta por una vida alejada del dogmatismo de la incomprensión.

La temporalidad propia de la cinta ayuda a entender ese hilado entre pasado, recuerdos, esperanzas, sueño y un presente siempre ausente ya que en el viaje de nuestro chamán por su propia temporalidad vamos a descubrir que la libertad de espíritu está mucho más lejos de las peroratas liberales al uso, está más allá del conocimiento establecido, incluso más allá de las peores pesadillas humanas. Sólo el tiempo dicta, entiende, realiza, existe.

domingo, 28 de agosto de 2016

Spotlight. Thomas McCarthy. 2015.



Periodismo es una palabra con demasiadas connotaciones en la era de la información, pero como todas las palabras, hoy posmodernas, proviene de una acepción identificable en el film, que nos presenta la historia de esta sección de un periódico donde la investigación intenta fluir tanto como vender, como en todo ente vinculado al negocio, donde el dinero y la costumbre suelen mandar. El vínculo es fácilmente identificable en una historia muy al uso, donde los hilos comienzan a hilvanarse  en la misma procesión de los acontecimientos, por mucho que estos sean pasados porque como bien sabe el periodismo, la historia, la investigación, el acontecimiento es el hecho desde un punto de vista primigenio que cambia con el tiempo y otros hechos que lo circunscriben.

De ahí el relato formal, de unos hechos tan deleznables, como los del anterior post, pero dentro de la propia cultura, esa misma que caracterizaba como gorda, gruesa, pues es lo que nos diferencia al fin y al cabo. Los hechos que relata el film son bien conocidos, al menos en los países dominantemente católicos, y aunque la investigación se centra en el inicio de toda la trama y negocio, lamento que una de las principales autoridades no tuviese el peso que representa en el film, pues a pesar de convencer del terrible acto sistemático de una institución con cifras y detalles, su paso es dejado a confidente y no teórico de un hecho mayor que quizá tenga que ver con ciertos desórdenes psicológicos que ciertas teorías religiosas presentan. Pero esto es otra historia que surge de esa raíz que dispone el buen periodismo, de ese ansia de conocer la realidad diaria que acomete el buen periodista cuando tiene garantizado el pan y no desea mayores prebendas que acercarse a alguna verdad, cosa que escasea.

Y esto también se cuestiona en el film, en el trabajo del jefe de la sección que tuvo en sus manos la historia ignorándola por sus escasas excusas. Algo en lo que se debería profundizar mucho más y que es quizá lo que adolece un film que como es lógico no puede estar a todo. 

miércoles, 24 de agosto de 2016

Mustang. Deniz Gamze Ergüven. 2015.



La vida de cinco hermanas adolescentes, niñas, huérfanas, en un pueblo remoto de Turquía va a ser contemplada bajo la mirada de la menor, Lale, que con su visión nos va a acercar a las diferencias entre varones y mujeres, a la impronta de una religión de siglos pasados y que hoy, incluso no tan lejos, amenaza los resquicios de verdadera libertad que hemos ido abrazando. Una mirada hacia lo que el patriarcado significa en la vida de millones de mujeres que pareciera debieran aceptar un destino tan disparatado como el dogmatismo de tantas y tantas ideas.

El film se centra en una parte de las vidas de las muchachas donde la niñez comienza a ser separada por unas normas culturales desfasadas creando el destino que habría de guiar sus vidas. Lale comprobará cómo sus diferentes hermanas aceptarán o lucharán por cambiar el designio que la familia provee, cómo la sinrazón de las normas violentará el cálido ambiente familiar por un sentido que va desarrollándose paso a paso, con la curiosidad característica de la infancia donde la imaginación ayuda a los escasos datos que la experiencia ofrece. Así su maduración se encamina al sentido, al recuerdo de una maestra en Estambul donde cree poder escapar de la violación de su padrastro, de un matrimonio concertado que evite otras humillaciones más crueles pero que no cuentan para un fiel varón, de todo aquello que acaba de vivir junto a las hermanas a las que acaban de cortar las alas previa enjaulación disfrazada de familia y tradición.

Observar como la cultura sega las vidas de inocentes infantes (niñas guapas en este caso para la identificación, que la cultura es muy gorda) es algo que debería hacernos madurar, algo de lo que aprender para poder enseñar, para saber a tratar a los niños como lo que somos, ellos mismos de adultos.


Sepan tratarnos como niños por favor.

lunes, 1 de agosto de 2016

Paulina (La Patota). Santiago Mitre. 2015.



Entender, atisbar el conocimiento, las causas de algo, es principalmente uno de los motores del mundo, del llameado progreso y de todo aquello indispensable para el ordenado funcionamiento de la sociedad. O al menos eso puede creerse desde que el entramado científico coloniza la razón para administrar un mundo social de igual modo que el natural. Sin embargo, el mundo humano escapa a esas maniobras numéricas que impone el orden para regular de diferente modo un mundo social impregnado de aquellos interrogantes que abre una hipocresía siempre presente y un desconocimiento general creciente del origen o causas del desorden reinante. Y en esas, nuestra protagonista vuelca toda una praxis en contra de lo establecido para observar el verdadero motor de una sociedad ajena a la explicaciones no cuantificables, adicta a una normatividad que oculta más de lo que debería gracias a la costumbre, que con su naturalidad lubrica un progreso falto de un dato de la ecuación.

Paulina comienza como termina, dando una lección de un saber muy alejado de la corriente, muy a la izquierda de la esa zurda que ha querido apropiarse de lo social y cultural para no comprender que el balón también se juega con otras partes del cuerpo. Paulina representa una idea alejada de la pena judicial, de la norma que previene sin conocer el qué o cómo, una idea que sólo desde la empatía puede ser comprendida, alejada de otras ideas que aunque generalmente aceptadas como correctas y buenas, lastran esa comprensión necesaria que Paulina proyecta en sí para intentar otro modo.

Y no podemos olvidar el sustrato principal, el hecho de que sea una mujer la única capaz de protagonizar un film así. No podemos dejar atrás el feminismo que sin hablar está muy presente en la idea general no presentada. Un feminismo que bien puede chocar con la actitud de nuestra protagonista que lejos de claudicar a lo establecido pone en tela de juicio incluso principios básico para toda ideología capaz de mejorar nuestro orden o desorden. Un film inolvidable, imprescindible.


martes, 31 de mayo de 2016

La novia. Paula Ortiz. 2015.



Hablar de La novia es hacerlo de Bodas de sangre, por tanto, es inmiscuirse en ese universo lorquiano donde lo lírico enmascara lo trágico, donde arribar es luchar con la expectación de una sala, de un libro, de unos versos sueltos que flotan en el ambiente de aquél que ya padeció tantos crímenes a la hora de la luna. Pero como venimos a hablar de cine comenzaremos aplaudiendo la acertada labor de Paula que a mi parecer ha sabido llevar a unas imágenes, que cruzan la realidad y el versado lirismo, el universo de una obra teatral cargada de un simbolismo y una puesta en escena muy marcada por un lugar que lleva a los personajes a esa sinrazón que mueve los juncos a su antojo.

La misma libertad creativa que permite una adaptación ha podido ejercer aquí un papel muy decoroso frente a las limitaciones de una escenografía plasmadas en el mismo papel que en "el murmullo de sus venas" ya dicta elocuencias como ésta, y que la directora ha sabido trasladar a unas imágenes con un ritmo preciso, donde la historia traza los vaivenes de un amor y distintas tragedias al compás de una acertada banda sonora con guiño inexcusable al maestro Cohen. Y como si de ese mismo vals acompasado se tratase el odio y la tierra se conjugan en una imagen entre vetusta y cargada, entre colorida y árida, entre la noche y la luna, y el verde que todo lo calma. Una imagen a veces bella y profunda como la oniria que retrata, otras real y plana encarnado un contexto tan duro como verdadero.

Todo lector, como antes insinuaba, podrá disentir frente a la adaptación de una obra muy interpretativa, como es en si misma el conjunto de la obra de Federico. Sin embargo, abriendo el corsé que impone la propia imaginación puede percibir con toda claridad el sentido y la fuerza de una obra que debiera de tener tantas lecturas como interpretaciones posibles pues ahí radica la grandeza de una obra, en multiplicar las posibilidades, en hacer de la necesidad casi un fin para volver a poner en la palestra temas candentes que aún hoy, en caduca visión, parecen tener atenazadas más de un alma. Y el film logra transmitir ese mensaje donde relaciones inmateriales ponen en jaque a la libertad e igualdad a las mujeres, donde ideas del amor heteronormativas y violencia patriarcal dejan en entredicho que los tiempos hayan cambiado.


sábado, 30 de abril de 2016

Orígenes (I Origins). Mike Cahill. 2014.



La batalla entre la ciencia y la religión, o más precisamente el espíritu, se sirve a través de una historia de amor narrada a través de una ciencia ficción que en nada desmerece a los efectos especiales que suelen concurrir en este género. Incluso se agradece que el discurso sea muy acorde a una visión de la ciencia tan dogmática como exigen algunas teorías de la ciencia, pero tan abierto al propio conocimiento como postulan otras, creando un personaje, que tras unas experiencias personales donde la concatenación de hechos llevan a unas supuestas lógicas, va a sufrir la experiencia de la perdida, del dolor para abrir esa puerta que toda mente abierta debe traspasar para ver qué luz crea el umbral.

Y es que el quicio desde donde observamos nuestras vidas siempre está iluminado con esa luz que dan nuestras propias certezas, nuestras experiencias que determinan en cierta medida el modo en que vamos a responder. Por ello, el vehículo del amor aparece como hilo conductor de una historia donde las respuestas van a diferir ante las preguntas incómodas que suscita lo desconocido, ante la cuestión donde la misma pregunta ya parece una trampa.

El sentir como primer medio de intelección puede parecer algo primitivo ante el poderoso razonamiento empírico y sin embargo no podemos desligar ese mismo sentimiento del camino y guía del propio razonamiento, de ser el impulso que lleva a un estado diferente. El motor del cambio, de toda revolución está en el origen, en un saber sentir donde la razón sea ese instrumento para un mejor gozar.

jueves, 14 de abril de 2016

Sayat Nova (El color de la granada). Sergei Paradjanov. 1968.



Ya nos advierten que no se trata de una biografía al uso del poeta armenio y rápidamente nos introducimos en una visión elegante de una fusión muy particular, aquella que a través de la mística, de la danza, del baile y el éxtasis une el alma humana a lo sagrado en una especie de epifanía. Así las sucesivas etapas biográficas del poeta van a sugerir el mundo interior del poeta y de una cultura que, si bien se nos escapa por desconocimiento, expresan esa unión sagrada que a veces supera a las propias palabras.

Paradjanov va a hacer de esta fusión un elemento más que determina la totalidad del film haciendo de la coreografía visual el elemento que conjuga una actuación que raya la mímica, una música que mueve a las emociones, y unos elementos de atrezzo que son tan importantes como los propios personajes. Así, telas, cruces, vestidos, cuadros, ángeles, retablos, arquitectura, mosaicos, vasos y cualquier elemento que aparece en pantalla cobra un significado que, como decíamos, puede que se nos escape dentro del tremendo simbolismo que caracteriza al film, pero que una mirada atenta observa esa transcendencia de tal o cual elemento en el conjunto de la escena, del film.

Resaltar el color, una policromia muy contrastada que sabe jugar con esa misma mezcla característica del film. También valorar toda la técnica para conseguir unas coreografías donde el movimiento nos lleva de la cámara a los personajes o a los elementos de manera indistinta usando el mismo movimiento de los tres que, unidos al infinito trucaje del medio, posibilitan esas danzas donde el poeta habita.

sábado, 9 de abril de 2016

Red Army La guerra fría sobre el hielo. Gabe Polsky. 2014.



Excepcional documental en el que podemos encontrar una visión de lo que puede llegar a ser lo político, de cómo puede entrar a formar parte de cualquier hecho cotidiano, de aquello qué fue la guerra fría expresado en tantas parcelas de la vida, de cómo medir la felicidad cuando apenas sí conoces la libertad.

La película se centra en la gran figura del hockey V. Fetisov y en el conjunto que formó junto a I. Larionov, V. Krutov, A. Kasatonov,  S. Makarov y V. Tetriak, que se dio a conocer como Red Army, otro elemento más dentro del engranaje propagandístico de una URSS que entraba al juego de la competencia sin las mismas armas capitalistas y con una deriva totalitaria que lleva a nuestros protagonistas a preguntarse por una felicidad que pronto será truncada por una derrota en el milagro bajo el hielo estadounidense. Así las ideas creativas y vanguardistas que precedieron toda revolución rusa, en este caso puestas en práctica por el entrenador Tarasov, dejan paso al despótico plan que la competencia ilimitada impone, al plan marcial que todo proyecto colectivo imponía en los años del enfrentamiento estratégico, de la creación del miedo al que sustituirá el terrorismo. La KGB impone seleccionador, los tiempos ya no son los de posguerra, el juego comienza a convertirse en suplicio, la apertura empieza a ser inminente y nuestro personaje sufre el calvario de conquistar la libertad, de desprenderse de la cárcel de un campo de entrenamiento y una vida anodina y lejana de sus homónimos deportistas extranjeros. Al fin lo consigue y aunque el calvario va a continuar durante un tiempo por las pistas norteamericanas dada la fobia comunista y la diferencia de estilo en el juego, Fetisov va a conquistar la NHL gracias a la unión en los Red Wings de su antiguo equipo nacional, esos jugadores que gracias a las ideas de Tarasov se movían por el hielo de manera singular, atractiva y efectiva. La vuelta de Fetisov a su país con la Stanley Cup unos años después de su traumática marcha nos muestra el cambio que se ha producido en Rusia, un cambio problemático como expresara su antiguo jefe el Ministro de Defensa D. Yazov en fallido intento golpista. También nos muestra la reconversión rusa en las propias carnes del jugador convertido en Ministro de Deportes, llamado a dedo por otro antiguo militar, aunque de competencias muy diferentes, V. Putin.

Gabe Polsky acierta enfrentando dos ideas, por un lado el régimen de competencia instalado entre las dos grandes potencias que se inmiscuye incluso en el deporte y por otro lado los sistemas de vida que caracterizan a ambos bloques y cuyo eje principal es la libertad sin olvidar el nacionalismo patriótico. Así nos ofrece un relato de la vida de un jugador excepcional que ahora parece más ocupado y menos feliz que en aquel momento recordado tras su primera salida del país y primera exhibición de juego con aquella selección rusa inolvidable. Nos cuenta gracias a la primera persona de muchos de los afectados las características del deporte totalitario, las diferencias abismales que traducen la competencia capitalista en regímenes políticos tan distintos, o la visión que hubo del comunismo en norteamérica... Sin embargo, como toda película, no puede mostrar todo, sobre todo una de las partes más implicadas en el periplo de nuestro jugador, en seleccionador V. Tikhonov, puesto por los servicios secretos y no muy querido por los jugadores, pieza clave para desentrañar la participación militar que apenas esboza el único agente que es capaz de ser entrevistado, nieta mediante (que bonita apariencia de ternura). Tampoco muestra otros misterios como son la azarosa salida del país cuando ya era un apestado y su sino estaba casi escrito, ni su vuelta como ministro a un país que ya no era el suyo pero del que guarda un deportivo nacionalismo. 

domingo, 20 de marzo de 2016

Transeúntes. Luis Aller. 2015.



Decía el propio director en la presentación de la película en la sala Artistic Metropol que su idea era intentar llegar al corazón del caos, volver al lugar donde el cambio ha efectuado su silenciosa labor, una tarea fragmentada como la poética de un film que no deja indiferente ya que en esa búsqueda de orden va a resaltar la ristra de sentimientos que hacen del caos un corazón para cuidar y amar, un órgano que algunos no saben apreciar y acaban metastasizados en el interior de alguno de los sentimientos que van a recoger su propia identidad, y otros acaban por abandonar en favor de esos órdenes menos problemáticos para otras formas de identificación. Así, la caótica ciudad nos ofrece múltiples visiones de las que el director rescata esos transeúntes, a veces ciudadanos, a veces amantes, otras maleantes, quizás simplemente personas que intentan al igual transitar la ciudad en unos tiempos donde atravesarla nos pone ante la nueva condición urbana donde entran vocablos como gentrificación para advertir de su idiosincrasia.

Una condición ésta muy diferente a aquella de Malraux que aparece fugazmente en el film, una condición que diferencia a los hombres en sí, que los convierte, en su azaroso devenir, en entes diferenciados, sumergidos en la vorágine urbanística, sometidos al cambio que fuerza la salida del común y la entrada a un individualismo que añora el orden que no encuentra ahora en la ciudad, en aquel ente que narrara Marco en palabras de Calvino dándole ese calificativo de invisibilidad que parece merecer el caos. Pero como muestra Aller, incluso dentro del caos podemos encontrar esa belleza que creemos encontrar en el orden, esa razón que aun siendo sentimental nos ponga en el camino de nuestra humanidad perdida, de nuestra condición precaria, grandiosa, capaz del altruismo mayor como de la peor infamia, nuestro sino caótico y bello.

De ahí la acertada poética fragmentada, tanto en tiempo como en forma, que disocia nuestro aparente sueño de continuidad del juicio que nos formamos dotando al discurso fílmico del placer del entendimiento visual, estético, que si bien dentro de la subjetividad que lo soporta no puede equipararse con el aserto racional, puede crear ese otro polo comunicativo que tocando en lo afectivo y sin denostar la evidencia del sueño demostrativo, motive una praxis que acoja en su seno los restos del caos, aquellos elementos invisibilizados en la rueda de una sociedad llena de paradojas, repleta de individuos que no llegan ni al nivel de transeúntes, cuya única opción es seguir transitando, seguir en la frontera, nunca ser ciudadano, ser persona.