domingo, 18 de diciembre de 2011

Sacrificio (Offret). Andrei Tarkovski. 1986.



Ay mísero de mí, infelice... declaraba el personaje calderoniano para congratularse con un mundo irreconciliable con el hombre, con su mayor virtud, la racional que tantos aprietos supone. Aquí el maestro soviético vuelve al mito, a esa especie de ritual natural que comienza con la palabra, para ofrecernos una visión de la vida, de su sinsentido o aprehensión certera, a través de ese actor, crítico y docente universitario y sus dudas metafísicas y existenciales ante esa realidad siempre desbordante. Ante una realidad destructora, siempre amenazante, ambivalente, llena de incomprensiones, superechía, maldad... pero con todos sus contrarios confirmando la amenaza del libre albedrío.
La película, rodada fuera del andamiaje soviético, fue concebida gracias a la colaboración sueca y el máximo representante del cine de ese país. La fotografía, del operador de Bergman, trasluce todo ese mundo gris, melancólico y carente de brillo que trasluce una crítica de la verdad, así como la gran puesta en escena, lenta, parsimoniosa pero de gran efectismo (valgan como ejemplo las múltiples referencias al cuadro de Da Vinci y al reflejo en el cristal, el plano inicial de títulos y el subsiguiente en general con un travelling casi infinito), portan a la película esa característica que poseen las pequeñas obras de arte y que como el mismo autor escribía no es nada más que una narración. Las vanguardias terminaron por destrozar la maltrecha idea de belleza natural, la belleza más que nunca queda al arbitrio de la mera subjetividad y sin embargo el cine de Tarkovski es una esperanza en volver a la materialidad del fenómeno sin tener que abandonar el botín individual, de ahí esos planos naturales y dramatizados por la escenificación casi teatral, donde el tiempo cinematográfico se acerca al real. Pues nada es más natural que el propio tiempo, ese furtivo que por terminar con clasicismo español tan bien retrataba Manrique en sus coplas...

 Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando...

lunes, 28 de noviembre de 2011

El lector (The reader). Stephen Daldry. 2008.




El título bien merece otra analogía menos explícita y en la cual hemos de bucear nosotros mismos, pues para una verdadera comprensión de la verdadera tragedia deberemos de ser capaces de leer bien, de leer desde muchos ángulos para poder recrear aquel drama que transformó por completo cualquier horizonte. Y es que la cinta se desnuda al principio para caer dentro de cierto ocultamiento individual, dentro de la incognoscible subjetividad, de la culpa y del orgullo, del amor o del valor, de cualquier elemento deformado por el prisma que cada uno impone a la realidad. Quizá sea la falta de un pronunciamiento definitivo o la dualidad temática lo que puede mermar la calidad de expresión de un tema siempre conflictivo para la humanidad en general y Alemania en particular, sin embargo, no creo que el punto débil sea ese, que puede ser incluso un logro, sino el tratamiento fílmico y discursivo del juicio donde hay momentos no demasiado verosímiles conjugados con cierto aire sentimentalista que restan sensualidad a todo lo ganado con la excelente primera parte, llena de una materialidad que luego será engañosa.
Por otra parte, el gran trabajo de los actores es de elogiar y en estos casos siempre comenzamos a hablar del más conocido o familiar, pero a pesar de la enorme interpretación de ella, es preciso primero mencionar a David Kross, el protagonista masculino que teniendo enfrente a una de las mejores actrices, no se amilana y realiza un soberbio papel abarcando desde la inocencia hasta incredulidad y el desengaño de su desvalorado final a las puertas de la cárcel. Hay que tener valor para enfrentarse a la desnudez de una dama como Kate Winslet, y más después de ver el papel que borda y en el que se luce hasta con las arrugas de la vida truncada por el orgullo y la sinrazón inherente a cualquier instante.

domingo, 27 de noviembre de 2011

La octava mujer de Barba Azul (Bluebeard's Eighth Wife). Ernst Lubitsch. 1938.




Con uno de los maestros de la comedia no es posible fallar, así Lubitsch nos ofrece una pequeña muestra de su valía ante este género, de su mordaz ironía para tratar la realidad social y sus pequeñas contrariedades, a pesar de la escasa crítica ideológica cultural que emana de esa constelación estelar que supone Hollywood en multitud de ocasiones. Sí, lo americano y patriarcal triunfa pero cierta acidez en el humor del film, le dota de ese toque tan brillante y genial que cultivaban tan bien los escritores del guión (Brackett y Wilder) y tan bien administraba el alemán.
La comedia se articula en torno a la mal nombrada guerra de sexos, que quizá tuvo su auge promocionado por ciertos sectores conservadores, y quizá eso sea lo que hoy le reste una mayor hondura y empatia. Sin embargo, como ya se mencionó, el arte de la comedia se sitúa por encima de estas disquisiciones culturales para alzarse muy por encima gracias a ciertos gags de gran consideración (Czschecoslovakia, la sorpresa del pijama, la bañera de Luís XIV, la ignorancia histórica, la boda y su diplomacia, la vida conyugal separada, el boxeador irlandés, el uso de Shakespeare para el control de su mujer, el manicomio...) y con la construcción de pocos personajes pero de una estereotipación precisa (el padre de la decadente aristocracia, el rico amante materialista, la joven enamorada dueña de su destino, el joven presuntuoso víctima de las apariencias) para hacer avanzar la historia hasta su final feliz, demasiado infeliz para los días que corren, sobre todo si eres mujer. A todo ello hay que sumarle ese guión lleno de equívocos, de pequñas sorpresas que hacen de la película una virtud en su calculada precisión del gusto contemporáneo expresado en la sofisticación. Lo malo, la predecibilidad de su desenlace y su rápido desentrañamiento.