martes, 11 de noviembre de 2014

Una familia de Tokio (Tokyo kazoku). Yoji Yamada. 2013.




Los cuentos de Tokio son como los de cualquier urbe, como los de cualquier pueblo o aldea, los de cada casa o ser humano que los habita. Cada cuento es diferente por naturaleza, ya sea por el interlocutor que lo transmite, por los personajes que lo componen o por las mil y una circunstancias que lo enredan en su propio ser. Sin embargo, lo que no es tan diferente son las emociones y desventuras humanas que los pueblan, siempre similares, distanciándose en la intensidad, en la graduación que le infiere cada receptor, cada cuentacuentos. Por ello existen cuentos que nos infieren aquello que se clava en el propio interior del que lo escucha con la atención que precisa todo relato, hay apuestas que navegando entre la simpleza de lo cotidiano abarcan una mayor parcela de lo propiamente humano a pesar de frecuentar los límites de lo que algunos llaman plagio, otros homenaje.

Que Yamada tenga la consideración de dedicar el filme a Ozu es algo tan loable como la propia proeza de volver a visitar la obra inmortal desde la propia actualidad sin desmerecer el compromiso de tan arriesgada empresa. Pero los cuentos, cuando son buenos se ayudan y afianzan entre si, las mismas dudas y asaltos acechan a todos los hombres del planeta, y saber dotar a la expresividad del cambio generacional es propio de maestros, aún subidos en gigantes. El oficio de narrar puede parecer que no tenga mérito cuando apenas se nota la influencia magistral de tal hecho, pero una mirada atenta desvela esas palabras e imágenes que ilustran una gran obra.

Cuando la ciudad no deja tiempo para lo verdaderamente importante su función se vuelve opaca, transforma la convivencia, lo social reflejado en los cuidados y el afecto, en un vivir indiferente al compromiso en sintonía con un individualismo ajeno a ese propio yo que necesita del otro para vivir, para expresarse y ser incluso reconocido. Los propios ritos y dedicación japonesa a la cortesía y el agradecimiento se ven obstaculizados por una vida moderna carente de la generación posible de una afectividad verdadera, fuera de los clichés que impone toda cultura. Las falsas exigencias generadas por la maquinaria que despliega la ciudad pueden ser, o no, un obstáculo para definirnos plenamente entre los congéneres, sólo hace saber poner el acento en lo importante, en aquellas secuencias que simplemente no dejan indiferente, en lo insustancial para el éxito o la fama, aquello que no sobrevive en los cuentos y que a veces les da su propia razón de ser.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Mi loco Erasmus. Carlo Padial. 2012.



La búsqueda de la creatividad, de la expresión personal artística sucede a menudo de formas tan intangibles como escasamente comunicables. El documental es un terreno afín a esta especie de comunicación del genio, de la recreación original de un hecho artístico, de una expresión emocional alejada de la mera comunicación verbal que acompaña a la imagen. No es algo nuevo, por supuesto, como tampoco son muy originales los personajes que aparecen ante la duda reflexiva que acontece ante cualquier creación, pero la forma de narrar las peripecias que ligan la vida y la creación de una forma natural, sin muchas estridencias poéticas ni la trascendencia informativa que suele padecer el género, hacen de la apuesta algo bastante valioso y digno.

Sinceramente a mi ya me parecía haber visto la película anteriormente, el documental sobre Bansky se me venía a cada momento mezclado con algo del bueno de Wenders y del patrio Lacuesta. Sin embargo, y con esa intuición muy temprana, el documental coge un gran camino al poner en juicio la síntesis creativa que recae en la propia obra, en esa obra que al final no vas a llegar a ver, que va a constituir la vida del artista u por unos segundos la tuya, justo hasta el momento en que la propia vida del artista importa mucho más que el entramado barcelonés sobre el mundo erasmus de sobra conocido. A mi parecer se hace demasiado larga, con un inicio aceptable y un gran giro, no acaba de mantener la fuerza y la atención necesarias, deviniendo en una personificación demasiado sentimental del autor/actor. Pero no voy a ser yo quien acote la verdadera duración del film, largo o corto me ha parecido una gran apuesta de cine, de esa concepción ciematográfica donde la historia sostiene creatividad e ideas sin la necesidad de la rentabilización destructora que impone la propia lógica del metafilm.

Los créditos y los gatitos, yo quiero ver ahí a Marker.




miércoles, 5 de noviembre de 2014

Black Coal (Bai ri yan huo. Black Coat, Thin Ice). Diao Yinan. 2014.



Entre el negro del carbón y el blanco del hielo se extiende un manto de infinito gris, un amplio terreno donde las opiniones y subjetividades humanas coinciden con sus respectivos paisajes grisáceos. Con esta premisa Yinan trata de retratar el paisaje humano de una China desconocida para la mayoría de espectadores haciendo del relato policíaco un simple recurso para captar las emociones decoloridas que transmite el norte del país a través de su espacio vital, entre una industrialización exacerbada y una geografía tan inhóspita como fría.

Utilizando los recursos que ofrece el género negro por excelencia la historia va a narrar las vidas desgastadas que han confluido en el policía (corrupto-violador) venido a menos y en una mujer que se declara culpable, quizá por amor, ante los crímenes que vuelven a cruzarse en el camino del ahora venido a jefe de seguridad. Quiero creer que esto es así, que el simple culpabilizarse es algo más hondo que el mero declarar lo que bien pudo otro cometer. Y en ello, en esta interpretación juega un papel decisivo el director, que con su hacer otorga al espectador la capacidad imaginativa, la capacidad de reconstrucción de todo aquello que se esconde, que falta entre las sutiles conexiones en las que se desenvuelve la trama y que es restituida por ese derecho interpretativo que ofrece toda buena obra. Sin embargo, la vuelta al redil, al tiempo o lugar donde una vez se nos escapó la felicidad que parece surgir ante el baile final de nuestro desagradable protagonista, presenta mi tesis interpretativa como la locura del que aún escuchando una sentencia y su lógica, la niega. Y es que es en este tipo de films donde conceptos como verdad, realidad y ficción quedan libremente sueltos a los designios de la recepción, al lugar ineludible donde cada uno monta los resquicios dejados al aire, los entornos que recubren la marcha de los acontecimientos, y los alecciona en la propia tesis que legitime, o no, la película. La falsedad hace tiempo que es una valor inestimable en la producción cultural, los asesinos pueden ser, o no ser, padecer y alinearse a cualquier parte, jugar al despiste y despistar jugando mediante el fenómeno fake, haciendo de éste otro gran recurso para el aprovisionamiento recursivo del film. Y aquí la falsedad interviene desde el propio desengaño amoroso "acordado"de nuestro policía hasta la simulación de la propia muerte y los crímenes pasionales a los que conducen los celos. Quizá esté todo ahí para dejar volar la imaginación sin alguna relación con el todo, sin una pequeña concesión a la valoración conjunta de un acto, de una imagen, de una secuencia, de lo no mostrado.

Entre el negro y el blanco no sólo están los artículos y el operador de la conjunción pues en el film la coma que separa ambos mundos, sendos crímenes van a resultar estar tan emparentados como la propia letra griega une. Las comas, resueltas por el espectador dejan paso a una visión de conjunto más precisa que la propia definición de la trama policial o la precisión detectivesca que aflora generalmente en este tipo de películas. De ahí la coherencia de una historia que no pasa del gris, que buscando el negro o el blanco denuncia la imperfección de toda monocromidad, la falta de visión humana que acompaña al desarrollo económico que transforma no sólo espacios oscuros y fríos en los colores apagados de los reflejos fluorescentes, si no también a las personas que son pasto de una radicalización ideológica sin apenas darse cuenta, decolorándose al haz de los acontecimientos.