domingo, 9 de agosto de 2015

Mandarinas (Mandariinid; Tangerines). Zaza Urushadze. 2013.



La guerra echa todo a perder, desde una cosecha a la pequeña porción de humanidad que llevamos inscrito cada uno de nosotros. El conflicto se abre cual mandarina desgajando en su seno toda culturalidad en tono totalitario, ofreciendo un olor atractivo para la identidad y putrefacto para la solidaridad una vez destruida la diversidad en favor de las nuevas diferencias estructurales. 

El cine ya ha tratado con anterioridad la lucha entre dos individuos tan enemigos como hermanos, las espurias razones de unos y otros en beneficio de sus propias ideas y excusas para danzar con la muerte y la destrucción. Lo ha hecho con mayor o menor acierto, tratando el problema desde diferentes puntos, desde la objetividad, desde la realidad, desde la fantasía, pero lo que sobresale aquí quizá no sea el propio punto de vista, tan diverso como los personajes e ideas que pueblan el film, si no esa propia mezcolanza de actitudes frente al conflicto bélico, frente a la vida. En ellas vamos a encontrar la fuerza del film, en el destino, tan cruel como real es lo feliz, de unos personajes movidos por los hilos que tienden la cercanía, lo común y el ejemplo.

Personalmente agradezco este tipo de cine donde la realidad se deja atrapar sin grandes ficciones, con los elementos justos y necesarios para rellenar una parcela de realidad generalmente ignorada por el público. Un cine que cuestiona sin hacer un llamamiento a ideas parceladoras, un cine que compromete y enseña que la realidad es mucho más diversa que la propia identidad que vamos formando tomando ideas y sentimientos de aquí y allá cual gajos de una mandarina tan sabrosa como desaprovechada.

jueves, 2 de julio de 2015

El año más violento (A Most Violent Year). J.C. Chandor. 2014.



Dibujar una historia de superación dentro del año con mayor número de asesinatos en la ciudad de Nueva York para hacerla chocar contra los propios cimientos de ella, no de la ciudad si no de esa historia cimentada en otra figura, me ha parecido algo tremendamente inocuo para poder comprender la valía de la historia del selfmade como motor de la sociedad ni la maldad como su sustituto. ¿Será el amor la salvación, la de aquellos que buscan con ahínco la felicidad de todos encumbrándose en el lodo del dinero los único que puedan tapar el apestoso agujero por el que escapa el mundo social?

La película, como casi no puede ser de otra manera, parece dejar al personaje a merced de unas fuerzas ciegas que lo llevan a aliarse con el drama que vive la sociedad de esos años y las distintas opciones que otorga la libertad parece que son cortadas por los lazos familiares tan unidos a la violencia reinante como a un amor familiar tan jodidamente burgués que hasta el cariño familiar sale mal parado. Nuestro empresario de éxito va a ver comprometido su futuro desde distintos frentes pero la jugada en juego le sitúa en la típica posición donde el poder ya emana y alcanzar las cotas máximas requiere de la dosis corruptiva pertinente. Comprometido todo parece no haber salida, aún así y sabiendo campear el temporal con la escasa dignidad que va quedando (sobredimensionada a veces) nuestro protagonista será iluminado con una verdad que ofende y es que generalmente la mano invisible no lo es tanto, pero entretanto va dejando cadáveres por su camino.

Este suele ser el destino de las películas, la asepsia y la interpretación. El no alinearse moralmente con alguna opción, personaje o idea. El mostrar lo más realmente posible unos hechos narrados desde el clasicismo pero con esas dosis contemporáneas de liquidez, hibridación, y cuidado de una imagen que nos lleva del estilo MTV al barroquismo de una escena de gangsters.

miércoles, 24 de junio de 2015

Inherent Vice. Paul Thomas Anderson. 2014.




Aún no he leído nada de Pynchon, adalid de la llamada posmodernidad literaria, pero la imagen que me ofrece el visionado del film me acerca a otro escritor como Bukowski y su Pulp, donde el humor y el cinismo adquiere junto a cierta irrealidad cartas de naturaleza en la propia historia detectivéstica de tintes irónicos que retrata la novela. Y es que estamos ante un film no tan novedoso en tanto estructura, personajes, acciones como a los celebrados últimamente del mismo género, y es que los géneros es lo que tienen, la sobrecarga de clichés. Sin embargo, se pueden apreciar ciertas novedades estilísticas, como el marcado acento musical, ya sea desde el rock a la música de patina épica que acompaña a ciertas escenas más psicológicas. O la diferente iluminación característica a estos films, dándole a la ciudad el brillo que la caracteriza bajo el sol reinante. 

Existen ya productos culturales, estéticos, intelectuales que prefijan y advierten las proclamas posmodernistas mucho más cercanos a éstas que lo que refleja el film ya que todo el arsenal teórico contra el proyecto modernista viene forjándose mucho más allá de lo que presuponen muchos críticos. Para ello es preciso saber rastrear ciertos rastros y sumergirse en un trabajo cuyo ámbito va más lejos que la intención del humilde post. No obstante, ya en el film podemos ver que la singularidad del personaje no es tan novedosa, el ambiente normalizado de la rareza tampoco es privilegio del film como tampoco lo es la enrevesada trama adscrita a la corrupción, drogas y sexo, vicios propios del género que no constituyen, o no debieran, un argumento válido para denigrar al ser humano como tampoco lo hace el santo contrario.

Así llegamos al tema principal, a la típica visión interesada de un ser humano atrapado por sus contradicciones, por la falta de guías únicas y exclusivas que prediquen la salvación u orientación de y hacia la felicidad. Un ser humano lobo para el propio ser humano pero con la capacidad de amar, con una redención que equivale al menos al instante decisivo del amor, del placer, del sexo, del ego. La búsqueda inmediata e interesada del placer nos lleva a creer que los vicios propios son innatos.